Los objetivos de nuestra Fundación

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Objetivos de la Fundación SoberanaMente: 

  1. LA INVESTIGACIÓN, para explorar nuevos conocimientos sobre la mente. 
  2. LA DOCENCIA, para enseñar a alumnos y profesionales de las Ciencias de la Salud.
  3. LA PROMOCIÓN, para ayudar al público en general a cuidar su Salud Mental. 

Para concretar estos objetivos, los Directores de la Fundación Soberanamente junto a otros profesionales de la Salud, desarrollan actividades en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Argentina) y en el interior del país (Argentina) a través de la organización de charlas, seminarios, encuentros, jornadas, clases, talleres, cursos presenciales y virtuales, entre otras, como así también la difusión de artículos.

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Lic. Margarita Rodríguez Suárez – Lic. Prof. Pablo Cazau 

La grieta interna

Pocas veces nos detenemos a preguntar si estamos llevando una vida automática. El mismo ritmo de vida y nuestros hábitos y rutinas hacen que nuestros días sean todos bastante parecidos.

Solemos transitar nuestros días en un circuito automático en el que no estamos presentes totalmente en lo que hacemos, porque si nos observamos un instante vamos a encontrar que nuestra mente siempre está en algún otro lugar diferente al que está el cuerpo.

Una gran grieta está dentro nuestro. La grieta mente-cuerpo nos ha sido instalada desde hace ya mucho tiempo y es una creencia, ahora disfuncional que aún tenemos, y viviríamos mejor si nos olvidamos de ella. Confirmaciones de esta disociación es cuando nos sucede algún accidente doméstico, cuando registramos que olvidamos un dato que no debíamos olvidar, cuando enfermamos,  cuando nos cuesta dormir por las noches o nos desvelamos a la madrugada, cuando el miedo o el enojo nos dominan, cuando  tenemos dificultades para concentrarnos a tal punto que no podemos leer más de 3 líneas seguidas de cualquier texto o mirar un video que dure más de 3 minutos. Estas y otras más son señales de nuestra grieta personal entre mente y cuerpo.

La única manera de disolver esta grieta es a través de la atención, trayéndome al presente como si tirara de un piolín para bajar un globo, repitiéndome “respiro”.

También puedo reforzarlo con frases como : “ahora estoy acá”, “estoy haciendo tal cosa”, “estoy escuchando a esta persona”, etc.

El único momento en que mi cuerpo y mi mente se unen es cuando soy consciente de que respiro, cuando estoy consciente de lo que hago, de lo que pienso y de lo que digo. Entonces podré sentir el aire que entra en mi cuerpo, apreciar una flor, oler un perfume, disfrutar de una sonrisa, escuchar realmente al otro, ponerme en su lugar, darme tiempo para descansar, escuchar la música preferida, cantar, bailar, aprender. Salir por unos instantes del circuito automático y detener el tiempo unos instantes en el presente. Y solo unos instantes, porque luego la mente tenderá a volar otra vez hacia algún lugar diferente, seguramente al futuro o al pasado.

Una gran grieta está instalada dentro nuestro. Pero cuerpo y mente ya no están separados, somos uno.  Pero  también hay otra grietas, dirán unos, y son las que la cultura pone en el escenario y nos inducen a que tengamos  el pensamiento polarizado, ese pensamiento de blanco o negro, que nos entretiene en el contenido, nos llena de intensidad emocional y nos distrae de lo que puede ser realmente importante.

¿Y qué es lo importante? Dirán otros.

Si nos distraemos con el contenido de otras grietas de afuera, no podemos prestarle atención a lo que nos pasa por dentro. Una buena conexión de atención mente- cuerpo  levanta las defensas psicofísicas acrecentando nuestra salud, nos aporta recursos internos para afrontar situaciones difíciles, ayuda a desplegar la resiliencia y nos hace sentir más seguros y con más fortaleza, sabiendo que tenemos la capacidad de tomar decisiones y enfrentar situaciones con independencia.

Por lo tanto, la propuesta es, simplemente, activar tu unión con un simple “respiro”.

El placer de ser imperfecto

Por Pablo Cazau 

Algunos fantaseamos con ser perfectos. Queremos tener diez de promedio, queremos ser el más fuerte y el más bello, queremos ser el papá, la mamá o el cónyuge ideal, queremos ser el hijo extraordinario y queremos conformar a todo el mundo.

Algunos siguen creyendo firmemente en esta vana ilusión autoexigiéndose cada vez más, pero llega un momento en que hay que tirar la toalla. Intentar ser perfecto consume mucho esfuerzo, con lo cual, no quedará energía para otras cosas como bailar mal, ser espontáneo o hacer reír a nuestros seres queridos con nuestras increíbles equivocaciones.

Y no es que uno se proponga ser un perfecto imperfecto. Simplemente se trata de canjear la perfección por la tranquilidad, ese estado donde uno es libre de equivocarse, y por la sabiduría, donde uno se torna capaz de reconocer sus errores sin rasgarse las vestiduras, donde uno se vuelve capaz de pedir ayuda y donde uno llega ser capaz de perdonarse. Claro que con el paquete puede venir también sentirse deprimido, enojado, agresivo, celoso, envidioso, vengativo y demás imperfecciones, pero es un precio mínimo que debe pagarse al lado del tremendo costo que supone la perfección.

Cómo percibimos la velocidad del tiempo

Por Pablo Cazau

Podemos percibir el tiempo como transcurriendo más velozmente o transcurriendo más lentamente. ¿De qué depende esta percepción? La física relativista ha ofrecido sus propias explicaciones, pero aquí nos atendremos al punto de vista de la psicología de la percepción.

En general, nuestra percepción de la velocidad del tiempo varía en al menos tres casos:

1) Si estamos ocupados o concentrados en alguna actividad el tiempo pasa más rápido, mientras que el aburrimiento o la inactividad pueden hacer las horas interminables.

2) A medida que crecemos percibimos que el tiempo transcurre cada vez más rápido. El adolescente siente transcurrir el tiempo de su vida muy lentamente, mientras que el anciano ve pasar el tiempo de su existencia más rápidamente.

3) Bajo un estrés agudo, puede ocurrir que las personas experimenten que el tiempo se hace más lento. Hace varios años alguien me planteó que estaba muy intrigado –y hasta preocupado-  por algo que le sucedía: en algunas ocasiones en que estaba bajo un fuerte estrés, veía todo a su alrededor en cámara lenta, como si el tiempo transcurriese más despacio. Para tranquilizarlo, le dije que ello no se debía a tumores cerebrales ni a infecciones encefálicas, sino que se trataba de un mecanismo adaptativo de supervivencia.

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