Cómo usamos el celular

Una necesidad fundamental de las personas es la de mantener contacto con otros seres humanos. Si están alejadas, hace mucho utilizaban las señales de humo y luego recurrieron al clásico teléfono fijo, siendo la única diferencia que la señal de humo era gratis. Más tarde llegó el teléfono celular móvil, que es casi lo mismo con la diferencia que, al no tener cable, se puede llevar encima a cualquier lado.

Las maneras en que usamos el celular indican cuán fuerte o cuán débil es nuestra necesidad de comunicarnos. En una investigación que hicimos durante agosto de 2020 con 52 personas, obtuvimos los siguientes resultados:

1) Respondieron la encuesta mayores de 20 años, especialmente de la franja 51-65 años (55%).

2) El 80% de los encuestados fueron mujeres.

3) Un 79% lleva siempre consigo el celular, un 15% lo lleva a veces, y un 5% nunca.

4) Cuando se van a dormir, un 83% suele llevarse el celular al dormitorio.

5) Si están  ocupados y les llegan mensajes, un 60% no los atiende pero miran quienes los envían, un 35% ni siquiera miran quienes los envían, y un 5% siempre o casi siempre responden los mensajes aunque estén ocupados.

6) Un 67% nunca o casi nunca apaga el celular, un 20% lo hace a veces y un 13% casi siempre.

Según estos resultados, una mujer típicamente lleva consigo el celular, incluso al dormitorio, y no atiende mensajes si está ocupada en algo, aunque suele mirar quien los envía. Nunca apaga el celular. Ello sugiere una importante necesidad de mantenerse comunicada, aunque debe tenerse en cuenta que la encuesta fue realizada durante la cuarentena obligatoria impuesta en la pandemia del coronavirus.

Pablo Cazau

Nuestra salud mental en las cuarentenas

Tal vez a algunos de nosotros no nos haya afectado mentalmente una cuarentena: no hemos perdido empleos ni ingresos económicos, hemos seguido estudiando, hemos mantenido el contacto de siempre con seres queridos y, en general, tampoco hemos cambiado nuestra rutina de vida en general.

Sin embargo, el clima generado por la cuarentena todavía puede afectar nuestra salud mental, por la misma razón que el clima de Año Nuevo nos afecta aunque no hayamos consumido alcohol, ni participado en comilonas, ni perdido contacto con familiares y amigos aislados en un rancho lejano.

Sin embargo, el Año Nuevo dura un par de días, pero una cuarentena no, y la que padecemos en la pandemia del coronavirus ya viene durando casi cinco meses sin tener visos de terminar.

Esta situación sostenida en el tiempo, inédita para muchos, dejará alguna huella en nuestro equilibrio mental, porque el clima que genera es un clima de peligro permanente.

Frente a un peligro momentáneo nuestro cerebro reacciona normalmente en tres pasos:

1) Siente miedo, con lo cual nos avisa que hay algo peligroso allí adelante.

2) Nos prepara para atacar o defendernos.

3) Evalúa los daños resultantes que hemos sufrido.

Cuando como en las cuarentenas el clima de peligro es persistente, se cumplen también los tres pasos pero de una manera peculiar:

1) Sentimos miedo (miedo a la enfermedad, miedo a un sistema de salud ineficiente, miedo a la condena social de los otros, y hasta miedo a nuestros propios miedos). El miedo puede finalmente convertirse en angustia y en un ataque de pánico.

2) Prepararnos para atacar puede convertirse en una explosión de ira, y prepararnos para defendernos puede convertirse en una fobia o en un ritual obsesivo.

3) Evaluar los daños generados supone examinar qué hemos perdido, y esta tristeza puede convertirse en depresión.

Angustia, ira, fobias, obsesiones y depresiones resultan ser así los aspectos en los que puede aparecer comprometida nuestra salud mental, y cuanto más dure la cuarentena más probabilidades tendrán de aparecer.

Una recomendación: no subestimemos el peligro del coronavirus, pero tampoco lo exageremos con ataques de pánico, ira, fobias, obsesiones y depresiones.

Pablo Cazau

El terror a la enfermedad

Todo el mundo tiene miedo a una enfermedad grave, salvo aquellos a quienes sus limitadas capacidades cognitivas le impiden tomar conciencia de este problema.

Frente a este miedo se montan defensas: hay quienes se creen indestructibles, con lo cual el miedo desaparece, hay quienes entienden que pueden enfermarse pero confían en que ello no ocurrirá demasiado pronto (porque tienen suerte, porque son jóvenes o hacen una vida sana), y hay quienes se sacan las dudas haciéndose un chequeo de salud. También acá los miedos ceden.

Pero hay casos donde ninguna defensa contra el miedo resulta útil, y tal es el caso de la hipocondría.

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