El modelo biológico de la resiliencia

La palabra ‘resiliencia’, de creciente difusión en los ámbitos populares y académicos, se refiere a una capacidad para enfrentar situaciones críticas y salir fortalecidos.

Entendida como un proceso básicamente psicológico, encuentra su correlato en otros procesos similares pero de índole puramente biológica, y relacionados con la capacidad del sistema inmunitario para generar anticuerpos.

Cuando un organismo es expuesto a un antígeno, o sea, a un elemento potencialmente peligroso como puede serlo una bacteria patógena, su sistema inmunitario es capaz de producir anticuerpos que la neutralicen, sea destruyéndola, sea evitando su reproducción. De esta manera, si el organismo alguna vez vuelve a tomar contacto con la misma bacteria, la reacción será más rápida y eficaz porque ya dispone de anticuerpos listos para actuar. En otras palabras, el organismo habrá quedado fortalecido.

De hecho, se ha llegado a creer que un organismo expuesto a diversos antígenos a lo largo del tiempo está más fortalecido que otro organismo que vivió siempre en una burbuja de cristal, o sea, habrá desarrollado mejor su capacidad resiliente. Se trata aquí de una resiliencia biológica, no psicológica, si se nos permite la expresión.

Y así como a nivel psicológico se ha distinguido una resiliencia reactiva y otra proactiva, podemos extrapolar la misma diferencia a la resiliencia biológica.

Por ejemplo, en la resiliencia reactiva el organismo estaría expuesto naturalmente a diversos antígenos a lo largo de la vida, y como consecuencia se volvería cada vez más fuerte. En cambio en la resiliencia proactiva el organismo se va preparando deliberadamente para enfrentar peligros futuros, y tal es lo que sucede por ejemplo cuando nos vacunamos contra la tuberculosis, el sarampión o alguna otra enfermedad infecciosa. La vacuna no es más que una cierta cantidad de bacterias ingresadas al organismo, que no es lo suficientemente grande como para producir la enfermedad, pero es el mínimo necesario para que el organismo reaccione y pueda producir los anticuerpos que lo protegerán de eventualidades futuras.

Pablo Cazau.

Exhibir la felicidad

Algunos exhiben su cuerpo, otros exhiben su dolor y sus desgracias, pero están también quienes exhiben su felicidad como si fuera un gran trofeo. “¡Vean lo felices que somos!”, anuncian en Facebook, mientras publican una andanada de fotografías sonrientes y dichosos, paseando por la playa o besándose apasionadamente.

Es comprensible: ¿quién de nosotros no informó a sus allegados lo feliz que estaba porque le pasó tal o cual cosa (salvo haberse sacado la lotería)?

Hay, sin embargo, una diferencia entre transmitir nuestra felicidad a muy pocos seres queridos como parejas, amigos, padres o madres, y transmitir la felicidad públicamente como puede hacerse en Facebook, que sería lo mismo que salir a la calle con un megáfono gritando “Soy feliz”, y con una remera que dice lo mismo. En el primer caso la felicidad se comparte, y en el segundo se exhibe.

Pero, ¿qué lleva a las personas a exhibir indiscriminadamente su bienestar, y qué consecuencias puede traer ello?

Tal vez algunos quieren simplemente compartir un estado de ánimo, pero tal vez otros quieran mostrar que están por encima de los demás mortales, o tal vez quieran obtener reconocimiento y aprobación. En cualquiera de estos casos hay un problema con la autoestima: unos se sobrestiman, otros se subestiman, y no pueden encontrar el equilibrio justo.

Pero en cualquier caso, no pueden ni concebir ni medir las consecuencias de sus exhibiciones: algunos espectadores se aburrirán soberanamente, otros serán carcomidos por la envidia, y todos terminarán bloqueando o eliminando al exhibidor mientras éste último sigue preguntándose qué hizo mal.

¿Alguna vez te pasó?

Efecto Lucifer: Siempre fuiste una persona buena y moralmente irreprochable, pero bajo ciertas circunstancias se volviste sádico y violento.
Efecto Forer-Barnum: Estás asombrado de lo bien que te describen las características de tu signo del zodíaco, pero no sabés que esas mismas características describen muy bien a personas de otros signos.
Efecto Halo: Te creés que porque alguien es simpático también es bondadoso, o que porque Maradona es genial como jugador también lo será siendo director técnico.
Efecto Pigmalion: Si te tratan como a un joven te vas a terminar creyendo joven, o si te admiran por tu inteligencia te comportarás como alguien más inteligente.
Efecto Golem: Si te tratan despectivamente, terminarás haciendo todo como para que te rechacen y te traten más despectivamente. Es lo contrario del efecto Pigmalion.
Efecto Placebo: Te tomaste un remedio trucho pero que te mejoró porque creíste que era un remedio auténtico.
Efecto nocebo: Estás enfermo y estás empeorando porque creés que el remedio falso te va a hacer mal. Es lo contrario del efecto placebo.