Una mirada sobre la psicoterapia junguiana

Carl Jung (1875-1961) fue un psicoanalista suizo discípulo favorito de Sigmund Freud que se rebeló contra su maestro hacia 1913 creando su propia escuela. Entre sus principales aportes se cuenta la formulación de un procedimiento psicoterapéutico que expondremos a continuación, intentando reconstruirlo a partir de algunas de las principales obras de Jung.

 

  1. El proceso de individuación

 

Jung va a llamar individuación al proceso de desarrollo mental de todo ser humano, un proceso normal y necesario que dura toda la vida y que permite desarrollar al máximo sus potencialidades y sentirse más unificado y autónomo.

Como todo proceso, tiene un punto de partida y un punto de llegada. El punto de partida es un psiquismo escindido donde las partes fragmentadas son la conciencia, el inconciente personal y el inconciente colectivo. El punto de llegada es un psiquismo unificado, integrado donde la comunicación entre tales tres instancias es más fluida (ver esquema). La idea es que la individuación conduzca a la construcción de un “individuo” único e integrado, lo cual le permitirá adaptarse más exitosamente a la realidad externa.

En este proceso deberán vencerse una serie de dificultades, y para poder comprenderlas, debemos mencionar ciertos “personajes“que habitan en nuestra mente. Jung describe muchos personajes, pero aquí nos bastarán cuatro: la persona, la sombra, el anima y el animus. Como puede verse en el esquema, estos personajes habitan “ranchos” que en un comienzo están separados: la persona vive en la conciencia, la sombra en el inconciente personal, y el anima y el animus en el inconciente colectivo.

La persona es la máscara con la cual nos gusta presentarnos ante los demás. En cada situación, usaremos diferentes máscaras: podríamos ser niños con una figura materna, alumnos con un profesor, mostrarnos como agradables en ciertas ocasiones o como personajes interesantes o introvertidos en otras. Como puede verse la persona es un conjunto de máscaras con que nos presentamos habitualmente al mundo en ocasiones diferentes.

La sombra es nuestro lado oscuro. No es lo que mostramos a los demás, pero la sombra puede aparecer en cualquier momento en la conciencia porque son los aspectos que rechazamos de nosotros mismos, aquellos de los que nos avergonzamos y que no queremos mostrar. Por ejemplo en algún momento puede aparecer nuestra agresividad o nuestra sexualidad de una manera intempestiva y muy marcada e intensa que generan una momentánea desadaptación al mundo externo. La sombra puede aparecer como una acción (agrediendo físicamente a otra persona) o como una fantasía de la cual nos horrorizamos (un vínculo incestuoso), y cuando ello ocurre inmediatamente reprimimos estas tendencias ocultas y las hacemos retornar a su rancho, el inconciente personal. Inclusiva a veces llegamos a decir que en tales ocasiones “no somos nosotros” y, como toda sombra, podemos proyectarla en los demás: como está mal ser agresivo, cruel, odioso o envidioso, pensamos que los demás son agresivos o envidiosos, con lo cual logramos desprendernos de tales tendencias execrables. Así, la sombra puede ser proyectada en otros, cuando asignamos cualidades a otras personas que rechazamos en nosotros mismos.

El anima y el animus son, respectivamente, los lados femenino y masculino que tiene cualquier ser humano independientemente de su sexo biológico o de su orientación sexual explicita. Esto significa que el hombre tratará de acallar o reprimir su lado femenino cuando aparece, y la mujer cuando aparece su lado masculino. Tal vez no sean personajes tan terribles como las sombras, pero también podrán ser rechazados de la conciencia y reenviados al inconciente. El anima y el animus vienen a ser entonces como los aspectos femeninos no desarrollados en el hombre y los aspectos masculinos en la mujer.

Jung denomina a estos personajes “complejos autónomos”, donde “autónomos” significa que ellos hacen lo que quieren, irrumpen en la conciencia sin pedir permiso y pueden hacer la vida insoportable.

Justamente el proceso de individuación (y la psicoterapia junguiana) harán que el ser humano pueda conocer mejor sus complejos autónomos, con lo cual su psiquismo estará más integrado al aceptar que son parte de él. Al mismo tiempo al conocerlos podrá “controlarlos” mejor y, en todo caso, dejarlos salir si resulta en un comportamiento adaptativo a la realidad externa. El ser humano poco a poco se convierte en un individuo más autónomo porque deja de estar a merced de los caprichos de sus complejos autónomos. Como resultado adicional, los diversos “ranchos” estarán más conectados e integrados entre sí (como se ve en el esquema).

La individuación comienza entonces confrontando la persona con la sombra, luego con su anima o animus, etcétera, y culmina en un estado donde tales complejos pierden algo de su autonomía para pasar a depender de un individuo más integrado. Ninguna de las partes del psiquismo adquiere entonces un control muy intenso o rígido, alcanzándose así cierto equilibrio entre ellas.

  1. El procedimiento terapéutico

Normalmente el proceso de individuación transcurre en los seres humanos sin necesidad de un apoyo psicoterapéutico. Solamente cuando el sujeto está estancado o no puede avanzar solo en este proceso requerirá el auxilio de cierto procedimiento que describimos a continuación.

Como en todo procedimiento, hay tres componentes básicos: el material (la madera), la técnica (serruchar, tornear) y el producto final (una mesa).

El material es todo lo que el paciente trae, y muy especialmente fantasías, sueños, delirios, etcétera porque tal es el lenguaje más cómodo para el inconciente con el cual queremos comunicarnos. Si queremos comunicarnos con nuestras partes ocultas utilizaremos el material de la imaginación. Nuestro inconciente no entiende el lenguaje de la lógica y la razón.

Las técnicas son cosas que hacen el par paciente y el terapeuta. La tarea del paciente es imaginar activamente. No se trata de una imaginación pasiva donde meramente van apareciendo diferentes imágenes, sino que se van enriqueciendo las imágenes con más acciones. No basta con fantasear con que uno camina por la selva: también podrá incluir algún león, alguna forma de luchar con él, etcétera. Irán asomando así la sombra y los demás complejos pero en un entorno que no es tan amenazante, porque imaginar es hacer un “como si”.

Simultáneamente el terapeuta irá interpretando tales materiales imaginados en términos de los complejos autónomos, lo cual hará que el paciente poco a poco comprenda que son parte de su personalidad y que puede ejercer cierto control sobre ellos: el individuo se ha vuelto más autónomo y menos dependiente de tales complejos. La terapia apunta entonces a producir una adaptación adecuada a la realidad externa (sociedad), y a la realidad interna (demandas del inconciente y desarrollo de potencialidades aún no realizadas). El diálogo con la psique inconsciente a través de la imaginación permite que el mecanismo autorregulador de la psique actúe sin necesidad de acudir a los fenómenos sintomáticos.

Tomemos un ejemplo.

Llevamos al terapeuta un sueño donde estamos sentados junto al conductor de un coche manejado por una mujer. Si se interpreta en términos del inconciente personal, la mujer podría ser la figura materna y la necesidad de depender de ella (ya que ella es la que conduce), una necesidad que a veces no queremos que irrumpa porque no queremos mostrarnos como alguien desvalido (la máscara de la omnipotencia).

Si se la interpreta en cambio en términos del inconciente colectivo, la mujer conductora bien puede ser el anima, revelando así el sueño no sólo nuestra dependencia de este complejo autónomo sino también el deseo de controlarlo, porque un copiloto cumple precisamente esa función. Tales son los productos que queremos obtener: lo inconciente develado a la conciencia.

Pablo Cazau. Junio 2018.