No somos responsables de nuestras fantasías

Podemos fantasear con tener una aventura extramatrimonial, con asesinar a un ser querido, con disfrutar de una relación homosexual o con torturar ferozmente a quien odiamos. A veces nos horrorizamos tanto de ellas que terminamos haciéndolas inconcientes, con lo cual seguimos teniendo las mismas fantasias sólo que no nos damos cuenta de su existencia y hasta llegaremos a negarlas enfáticamente.

Tener estas fantasias donde se libera nuestra sexualidad o nuestra agresividad no nos hace, sin embargo, malas personas o personas menos honorables. Querrámoslo o no, forman parte de nuestra mente y no hay nada que podamos hacer salvo aceptarlas.

Esto significa que no somos responsables de nuestras fantasías, y por lo tanto no podemos avergonzarnos de ellas. Sin embargo, sí somos rssponsables de lo que hacemos con esas fantasías, como por ejemplo si, tras haberlas alimentado y dejarlas crecer, las hacemos realidad. De estas cosas sí somos responsables, y es de lo único que podemos avergonzarnos y de lo único que deberemos rendir cuenta ante los demás.

Aún así, hay parejas que nos acusarán de ser infieles porque descubrieron que fantaseábamos con una aventura ilícita, lo cual resulta tan ridículo como acusar a alguien de asesino simplemente porque fantaseó con matar a alguien.

Pablo Cazau

Porqué discutimos

Discuten los derechistas y los izquierdistas, los abortistas y los antiabortistas, los provacuna y los antivacuna. Muchos motivos nos llevan a discutir, que incluso pueden ser diferentes en dos personas que discuten entre sí.

Algunos discuten sólo para pelearse, lo que puede servirles para liberar un exceso de agresividad por una vía socialmente aceptable. O sea, para no agarrarse a las piñas. También pueden hacerlo para lucir su agresividad, para impresionar a alguien que los observa, para atacar a quienes odian o para conseguir prosélitos.

Otros discuten para confrontar sus ideas con el otro,y aquí encontramos dos grandes tipos de discusión: la improductiva, donde nadie estará dispuesto a cambiar sus opiniones frente al otro, y la productiva donde flota la posibilidad de cambiar las propias, aunque sea mínimamente.

Por más evidencia en contra que haya, ni los provacunas ni los antivacunas cambiarán sus opiniones, Así somos de irracionales (yo soy el irracional provacuna).

Sin embargo, aquí no termina el problema. Existen seguramente discusiones donde ambos buscan la verdad aunque para ello deban sacrificar sus creencias, pero no es el caso de la mayoría de las discusiones donde cada cual defenderá su propia “verdad” a rajatabla porque por algún motivo le conviene. Se trata del criterio de verdad pragmático, donde algo es verdadero por conveniencia, incluso si no tiene lógica, evidencia empírica o el sustento de una autoridad reconocida. Abunda en los discursos de las corporaciones multinacionales, en los discursos políticos y en muchos otros ámbitos. Las personas creen en lo que quieren creer, no en lo que es verdad. Y si alguno llegara a cambiar su opinión, es muy probable que la cambie por una nueva opinión que le convenga más.

En la película «No miren arriba» (2021) se ilustra muy bien que a las personas no les interesa la verdad sino la mentira que más les conviene. Sólo aceptan la verdad si les conviene, como en el caso del científico que señala la verdad, aunque bien podría hacerlo no para profundizar el conocimiento de la realidad sino para aumentar su prestigio científico.

Las formas de defender la propia verdad es apoyarla mediante argumentos, incluso aunque sean falaces, o atacar el argumento opuesto. Así, los antivacunas dicen: “Con las vacunas están haciendo experimentos como si fuéramos conejillos de Indias”, y los provacunas replican: “Para quienes están perseguidos con los experimentos en humanos, que sepan que la naturaleza hace experimentos permanentemente con nosotros desde que nacemos, sin hablar de los experimentos que hacemos nosotros mismos con las comidas o las automedicaciones, y muchos no salen muy bien”.

Y cuando los argumentos fallan, en última instancia alguien gritará más alto que el otro o apelará a la tortura o al lavado de cerebro. Es el momento donde la discusión llega a su fin.

Pablo Cazau

La mente es una buscadora de placer

Las personas tienen dos maneras de obtener placer: suprimiendo el estímulo doloroso, o incorporando el estímulo placentero.

La cesación del dolor, sea físico o psicológico, genera una sensación de alivio que es experimentado como placentero. Sin embargo, las personas suelen no estar conformes con ese tiempo de alivio que puede convertirse en monótono y desprovisto de emociones, y pronto buscarán incrementar el placer buscando cualquier estímulo particularmente agradable. Paradójicamente, algunos de estos estímulos podrán ser dolorosos, como en el caso del masoquismo.

La búsqueda del placer supone una actividad donde las personas se relacionan con muchas cosas posibles: con la naturaleza (una puesta de sol), con los animales o las plantas (un perro de compañía, un huerto), con el propio cuerpo (ejercicio) y, especialmente, con las otras personas.

En el vasto mundo de los seres vivos, la búsqueda del placer tiene que ver con establecer con otros una relación beneficiosa que puede asociarse o no con el placer, y al respecto hay varias posibilidades, entre las que se cuentan las siguientes.

En el mutualismo ambos organismos se benefician. Tal el caso del pájaro que se alimenta de bichos que están sobre la piel del rinoceronte, el que de esa manera se ve libre de quienes lo molestan.

En el comensalismo un organismo se beneficia en tanto que el otro no resulta beneficiado ni perjudicado. Por ejemplo: aves que construyen sus nidos en un árbol.

En el amensalismo un organismo se perjudica (la hierba pisoteada por la vaca) y el otro no resulta beneficiado ni perjudicado (la vaca).

En el parasitismo uno se beneficia y otro se perjudica. Por ejemplo en la depredación, un animal caza a otro para subsistir.

Todas estas son relaciones interespecíficas, es decir, entre individuos de diferentes especies, pero tales relaciones las encontramos también entre individuos de misma la especie, como en la especie humana. Por ejemplo:

En el mutualismo ambos se benefician, como cuando uno vende y otro compra, o uno acaricia y otro es acariciado.

En el parasitismo uno se beneficia y otro se perjudica, como por ejemplo en los delitos (homicidio, robo, estafa, violación).

En este punto, la gran pregunta es: ¿es placentero todo lo que nos beneficia, o también puede ser algo que nos perjudica? El consumo de drogas es placentero pero también es perjudicial, mientras que una dieta sana puede no ser placentera pero es beneficiosa.

Ciertas relaciones humanas son algo más complejas, y como ejemplo mencionemos la relación que establecen las grandes corporaciones como Mac Donald’s, Facebook o Netflix con sus clientes.

Todas ellas buscan el placer de ganar dinero y para ello necesitan fidelizar al cliente de manera que consuma permanentemente sus productos o servicios. Pero, ¿cómo lograr esto? Respuesta: haciendo placentero el consumo mismo, es decir, activando el centro del placer o centro de las recompensas (Nucleus Accumbens). En el caso de Mac Donald’s ofrecerá una hamburguesa deliciosa, en el caso de Netflix una serie interminable muy interesante, y en el caso de Facebook ofreciendo la posibilidad de encontrarse con viejos amigos o de recibir muchos “Me gusta”.

Parecería no haber nada de malo en ello porque se trata de un vínculo donde todos se benefician. Sin embargo, lo placentero puede (y suele) esconder algo perjudicial: las hamburguesas pueden resultar ser comida basura, las series de Netflix podrían aletargar nuestro cerebro para no enfrentar los verdaderos problemas de nuestra vida, y la configuración de Facebook alimentar el odio y la discriminación social.

Moraleja: si encuentras algo que te da placer averigua si es al mismo tiempo beneficioso para su salud y tu crecimiento personal.Preguntate también si algo que no te da placer podría serte beneficioso.

Pablo Cazau