Nuestros espacios vacíos

Tan acostumbrados estamos a llenarnos de ropa, de adornos, de dulces, de alcohol, de fotos, de dinero o de perfumes, que nos hemos olvidado del espacio vacío.

Y claro, pareciera que un espacio vacío, al igual de la suciedad, no sirve para nada salvo para generar angustia, con lo cual ¡siempre hay que llenarlo para eliminar tan horrible sentimiento! Pero, ¿es realmente así?

Nos mudamos y en nuestra nueva casa, luego de acomodar todo lo que traemos, quedan estantes vacíos, rincones vacíos y hasta habitaciones vacías. Algunos enseguida buscarán llenarlos, y no faltará quien llene hasta los baldes con agua (por las dudas que falte el vital líquido).

Los espacios vacíos son la pesadilla de los acumuladores compulsivos, pero valen tanto como los espacios llenos. Por ejemplo, si disponemos de una superficie vacía nos servirá para colocar las cosas con las que venimos cargados de afuera, y nos sacarán de un apuro.

¿Hay alguna relación entre los espacios materiales y los espacios mentales? Quizás sí. Si hemos decidido dejar un espacio material vacío es porque antes hemos dejado un espacio mental sin nada, o bien, como dice acertadamente la Lic. Margarita Rodríguez Suárez, si estamos rodeados de armarios y estantes llenos, es porque también están llenos nuestros espacios mentales, o, si se quiere, llenar los estantes es una forma de llenar nuestros vacíos mentales.

Pero, ¿qué pasa con los espacios vacíos en nuestra mente? Al igual que los espacios vacíos materiales, son también muy importantes.

Los espacios vacíos materiales no son simplemente lugares sin objetos: son espacios simbólicos que representan infinidad de cosas. Hay quienes dejan vacía la habitación de la hija que falleció, la silla del comedor del padre muerto, la cama de la esposa que pasó a mejor vida. Los espacios mentales vacíos sirven también para interrumpir el flujo constante de nuestros pensamientos, pero no es fácil crearlos porque si no pensamos en algo podemos angustiarnos, de la misma manera que se angustia el escritor frente a una hoja en blanco.

¿Para algo más sirven los espacios mentales vacíos? Tal vez sí, si con ellos buscamos representar el futuro. ¿Por qué no dejamos un espacio vacío en nuestra alma? ¿Acaso pensamos que nunca más podremos amar a alguien? ¿Qué nunca más tendremos algún proyecto en mente? Si nuestra alma ya está llena, habrás perdido todas tus oportunidades en la vida, y todas tus puertas se habrán cerrado para siempre.

Pablo Cazau

Exhibir la felicidad

Algunos exhiben su cuerpo, otros exhiben su dolor y sus desgracias, pero están también quienes exhiben su felicidad como si fuera un gran trofeo. “¡Vean lo felices que somos!”, anuncian en Facebook, mientras publican una andanada de fotografías sonrientes y dichosos, paseando por la playa o besándose apasionadamente.

Es comprensible: ¿quién de nosotros no informó a sus allegados lo feliz que estaba porque le pasó tal o cual cosa (salvo haberse sacado la lotería)?

Hay, sin embargo, una diferencia entre transmitir nuestra felicidad a muy pocos seres queridos como parejas, amigos, padres o madres, y transmitir la felicidad públicamente como puede hacerse en Facebook, que sería lo mismo que salir a la calle con un megáfono gritando “Soy feliz”, y con una remera que dice lo mismo. En el primer caso la felicidad se comparte, y en el segundo se exhibe.

Pero, ¿qué lleva a las personas a exhibir indiscriminadamente su bienestar, y qué consecuencias puede traer ello?

Tal vez algunos quieren simplemente compartir un estado de ánimo, pero tal vez otros quieran mostrar que están por encima de los demás mortales, o tal vez quieran obtener reconocimiento y aprobación. En cualquiera de estos casos hay un problema con la autoestima: unos se sobrestiman, otros se subestiman, y no pueden encontrar el equilibrio justo.

Pero en cualquier caso, no pueden ni concebir ni medir las consecuencias de sus exhibiciones: algunos espectadores se aburrirán soberanamente, otros serán carcomidos por la envidia, y todos terminarán bloqueando o eliminando al exhibidor mientras éste último sigue preguntándose qué hizo mal.

¿Alguna vez te pasó?

Efecto Lucifer: Siempre fuiste una persona buena y moralmente irreprochable, pero bajo ciertas circunstancias se volviste sádico y violento.
Efecto Forer-Barnum: Estás asombrado de lo bien que te describen las características de tu signo del zodíaco, pero no sabés que esas mismas características describen muy bien a personas de otros signos.
Efecto Halo: Te creés que porque alguien es simpático también es bondadoso, o que porque Maradona es genial como jugador también lo será siendo director técnico.
Efecto Pigmalion: Si te tratan como a un joven te vas a terminar creyendo joven, o si te admiran por tu inteligencia te comportarás como alguien más inteligente.
Efecto Golem: Si te tratan despectivamente, terminarás haciendo todo como para que te rechacen y te traten más despectivamente. Es lo contrario del efecto Pigmalion.
Efecto Placebo: Te tomaste un remedio trucho pero que te mejoró porque creíste que era un remedio auténtico.
Efecto nocebo: Estás enfermo y estás empeorando porque creés que el remedio falso te va a hacer mal. Es lo contrario del efecto placebo.