Crisis o ataques de pánico

De manera súbita y totalmente inesperada, me sentí atacado por una sensación de falta de aire, palpitaciones, opresión en el pecho, un nudo en la garganta y un sudor frío recorrió todo mi cuerpo.

Aterrorizado, pensé que iba a desmayarme, a perder el control o quizás morir. El ataque duró unos cuantos minutos, que me parecieron un siglo.

Fui a un servicio de guardia, suponiendo que sufría un ataque al corazón. Me hicieron varios exámenes y estudios, pero no descubrieron nada.

Los días siguientes volví a tener nuevas crisis y mi miedo era cada vez mayor. Comencé a sentirme inseguro, ansioso por lo que me podría pasar y totalmente desamparado ante la posibilidad de sufrir un nuevo ataque. Dejé de hacer las actividades que hasta ese momento consideraba normales, me volví dependiente de mis familiares para desplazarme…” (1)


¿QUÉ ES LA CRISIS O ATAQUE DE PÁNICO?

La CRISIS O ATAQUE DE PÁNICO es la aparición temporal y repentina de un malestar y miedo intensos, acompañado de una serie de síntomas que alcanzan su máxima expresión en los primeros 10 minutos, los cuales pueden ser:

 

1. Palpitaciones o taquicardia.

2. Sudoración.

3. Temblores o sacudidas.

4. Sensación de ahogo.

5. Sensación de atragantamiento.

6. Opresión o malestar torácico.

7. Náuseas o molestias abdominales.

8. Inestabilidad, mareo o sensación de desmayo.

9. Desrealización o despersonalización.

10. Miedo a volverse loco o descontrolarse.

11. Miedo a morir.

12. Parestesias (hormigueos o entumecimientos).

13. Escalofríos o sofocaciones.

 

El DSM IV dice que hablamos de Ataque de Pánico ante la aparición de 4 (cuatro) o más de estos síntomas y que afecta a 1 de cada 30 personas (o sea, más de 1.000.000 de personas en Argentina).

 

Cuando ocurre un ataque de pánico, la persona queda con el temor de que le vuelva a ocurrir. Así es como el episodio se asocia con situaciones, personas, lugares, etc. donde ya ocurrió (miedo al miedo).

 

Ante la posibilidad de que le vuelva a ocurrir, utiliza el mecanismo de la EVITACIÓN (evita los lugares o situaciones donde lo sintió alguna vez) con el objetivo de que ese malestar tan intenso no se vuelva a provocar, y si se provoca, no estar solo ni sentirse desamparado, sintiendo como que nadie podrá ayudarlo. Luego esa evitación se va extendiendo a otros lugares y situaciones.

 

Cuando hubo más de 2 ó 3 episodios  y la persona no ha tenido la contención médico/terapéutica apropiada, es posible que se instale en forma de “Trastorno de Pánico”, es decir, que persista en el tiempo, activado por los propios mecanismos psíquicos inadecuados de la persona sin los recursos necesarios para ponerle fin, produciendo así un “circuito vicioso”.

La persona que padece un Trastorno de Pánico cuando está teniendo la crisis siente que se va a morir, desmayar, descontrolar o enloquecer. Como el ataque le provoca un malestar tan intenso y no sabe a qué se debe ni por qué siente lo que siente, entonces comienza a generar  pensamientos e interpretaciones negativas, de tipo catastrófico (distorsiones cognitivas).  Esto hace que la ansiedad aumente y los síntomas se intensifiquen.


La persona no sólo consulta las guardias médicas o llama a las emergencias cuando está atravesando la crisis, sino que luego de una crisis también persiste la preocupación acerca de las causas de sus malestares, sumado al temor de un nuevo episodio, por lo que también son frecuentes las consultas médicas a distintos especialistas buscando explicación de lo ocurrido y de lo que pudiera ocurrirle porque “puedo morir de un ataque al corazón”, “puedo enloquecer”, “puedo descontrolarme o desmayarme”.

 

La mayoría de las crisis de pánico ocurren “en silencio” y pasan desapercibidas para quienes están a su alrededor, a menos que la persona manifieste abiertamente que “se siente mal”. Es habitual que la persona no se anime a contar lo que le está sucediendo por temor a que lo crean loco, porque los demás no lo notan.

 

Esta ocultación es lo que ha demorado en muchos casos que se efectúe un diagnóstico preciso, mientras la persona pudo haber pasado años con padeciendo estos síntomas. Pero la ocultación se efectuaba dado que había mucho desconocimiento acerca de este cuadro clínico, y muchas veces al acudir a una consulta médica o sus propios familiares o amigos le decían “son los nervios” o “estás estresado”.

 

En la actualidad este cuadro clínico está descrito, tiene un tratamiento y las personas pueden recuperarse en un altísimo porcentaje.


¿Cuáles son las causas del Trastorno de pánico?

La palabra “pánico” deriva del mito del dios Pan, el dios de los pastores y los rebaños en la mitología griega.

Pan era también el dios de la fertilidad y de la sexualidad masculina desenfrenada. Su imagen es mitad hombre mitad animal, y representaba a la naturaleza salvaje .




El Trastorno de Pánico tiene una base neurobiológica y genética, pero influyen también otras variables como el aprendizaje infantil sumado a un estrés acumulado en meses previos a su aparición. Es frecuente ver que aparece “después de…” algún acontecimiento estresante o traumático.

 

La edad de aparición promedio es entre los 20 y 30 años.

 

En la actualidad en la mayoría de los casos se logra una exitosa recuperación, con psicoeducación y técnicas en la Terapia Cognitiva- conductual y si fuera necesario farmacoterapia específica por un determinado tiempo que evaluará el médico psiquiatra.

 

¿Qué es la Agorafobia?

 

 

Si bien la agorafobia significa “miedo a los espacios abiertos”, en la actualidad se utiliza el término para describir a una patología asociada al pánico y que se desarrolla a consecuencia del mismo.

 

Se la define como el miedo a sentirse solo, desamparado, sin escape e imposibilitado de ser asistido en el caso de volver a tener otra crisis de pánico.

 

Por lo tanto la persona, utilizando su mecanismo de evitación, evitar alejarse de su hogar o de aquellos lugares que considera seguros, y en algunos casos no puede quedarse solo en su casa, requiriendo de la compañía de alguien a quien considere  su “protector”.


Niveles de Agorafobia:

 

Según su severidad se clasifica como:

 

* Leve:

El sujeto presenta algún tipo de evitación o resistencia a las situaciones que le producen malestar, llevando una vida relativamente normal. Por ejemplo, puede ir al trabajo o de compras sin compañía si es necesario, aunque por lo general evita desplazarse solo.

 

* Moderada:

La evitación da lugar a un tipo de vida bastante restringida. El individuo es capaz de salir solo de su casa, pero no puede desplazarse más allá de algunos kilómetros sin compañía.

 

* Grave: La evitación obliga a estar casi por completo dentro de casa, o hace al individuo incapaz de quedarse solo en su hogar o de salir, si no es acompañado.(1)

 

(1) AATA – Asociación Argentina de Trastornos de Ansiedad.


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