Desventuras de un obsesivo y una histérica

Un caballero obsesivo y una dama histérica se conocen por internet y, luego de un año de chatear, por fin deciden conocerse cara a cara.

El caballero la pasa a buscar con su auto impecablemente limpio y, cuando ella sale a recibirlo él comienza con su ritual, que empieza con una breve pero emotiva ceremonia donde le entrega un ramo de rosas, le abre la puerta delantera del auto con la mano izquierda mientras se inclina respetuosamente.

“¡Ohhh! ¡Qué hombre educado”, piensa ella.

El caballero continúa con su ritual invitándola a cenar a la luz de las velas.

“Y además es romántico”, sigue pensando la dama.

El ceremonial exige que el hombre continúe con un paseo por la costanera para contemplar la luna, un café en la confitería y finalmente llevarla a su casa.

La dama se despide diciéndole que es un caballero encantador y respetuoso, y que le gustaría salir nuevamente para disfrutar la naciente intimidad.

De sexo ni hablar.

Al día siguiente lo mismo, y así los seis meses siguientes, donde las únicas variantes pueden ser ir al bingo, al cine o a jugar a las cartas a la casa de ella pero sólo al living, nada de dormitorio, aunque ella muestre tímidamente sus muslos y él le estampe su beso más audaz a dos centímetros de los labios.

De sexo, ni hablar.

Los obsesivos y los histéricos se pasan la vida preparando el acto pero nunca lo consuman porque tienen miedos irracionales acerca de sus consecuencias. Y así los primeros se pasan la vida dudando, cavilando y ejecutando ceremoniales, y los segundos seduciendo y arrojando pañuelos por doquier. En algún momento quizá lleguen a comprender todo el tiempo que han perdido: el obsesivo se cansará de la “bella indiferencia” de la histérica (como decía Freud) y la histérica de los patéticos ceremoniales del obsesivo, y encontrarán a alguien que finalmente les cambie la vida.

Pablo Cazau

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