El arte de estar con uno mismo

Todas las sociedades, y especialmente la capitalista, ejercen presión sobre las personas para que hagan algo. Alguna vez nuestros padres nos dijeron que no quieren vagos en la casa: “o trabajás o estudiás”, y cuando de pretendientes o entrometidos se trata, también nos preguntaron “¿y vos a qué te dedicás?”. Son los voceros de la sociedad que con diferentes matices nos plantean la exigencia de hacer algo útil.

Tales expectativas son necesarias para el buen funcionamiento social. Si en un grupo alguien no hace nada, el grupo mismo estará en problemas al estar comprometida su tarea, y es así que el vago termina siendo marginado de la familia, del grupo, de la sociedad.

El problema aparece cuando, atormentados por los mandatos sociales, comenzamos a hacer, hacer y hacer desenfrenadamente incapaces de tomarnos un respiro que alivie un estrés que nos generará malestar, infelicidad y enfermedades de todo tipo, incluyendo las que ponen en riesgo nada menos que nuestra vida. Todo ello nos hará más improductivos, y es así que las sociedades instituyen un descanso tan obligatorio como el trabajo mismo. Hasta nuestro mismo organismo biológico nos exige descansar cuando tenemos sueño aunque a veces no es tan fácil descansar, bien porque creemos que es una pérdida de tiempo, bien porque no sabemos cómo emplear el tiempo en esas horas libres.

Y es así que pasamos nuestra existencia trabajando, descansando, trabajando y descansando en una secuencia interminable que dura hasta la jubilación, e incluso más allá hasta que abandonamos este mundo.

Hay, sin embargo, una tercera actividad a la que no solemos prestar demasiada atención. No es trabajar porque nadie nos la exige. No es descansar porque no supone hacer una pausa para cargar pilas.

Tal inusual actividad consiste en estar con uno mismo, reflexionar sobre nuestros temores, nuestros deseos, nuestros proyectos o nuestros errores. Es una pausa imprescindible para comprender qué es lo que realmente queremos y no que no queremos, para evaluar nuestras capacidades y nuestras limitaciones, para dibujar nuestro sentido en este mundo y así seguir adelante reencaminando nuestra existencia libres de la influencia de las expectativas de los demás. A veces puede bastar con unos minutos al día o a la semana, y otras veces podríamos vernos forzados a ello cuando arribamos a una seria encrucijada en nuestra vida.

Pablo Cazau