El cerebro humano es prejuicioso

Nos pasamos la vida haciendo suposiciones, muchas de ellas equivocadas. Solemos creer que las cosas son blancas o negras, porque pensar en algo intermedio es mucho trabajo: la realidad es más compleja de lo que creemos y tiene muchos matices. En una encuesta que realicé en 2004 sobre el tema ¿Estás de acuerdo con la eutanasia?, 65 respondieron SÍ o NO, y 124 DEPENDE, pero fue porque entre las posibles respuestas para elegir había otras alternativas, y por tanto no había que ponerse a pensarlas. A veces, sin embargo, es bueno tomar decisiones rápidas por sí o por no: ante la urgencia actuar frente a una persona, la consideraremos provisionalmente confiable o no confiable, o benéfica o perjudicial. A veces hago un experimento con mis alumnos. Les muestro la imagen donde se ve cuatro personas caminando por un bosque y les pregunto: ¿Qué ven ustedes en esta lámina?

Algunas de las muchas respuestas que obtuve fueron las siguientes: 1) Tres hombres explorando un bosque (supuso que eran tres y que eran de sexo masculino). 2) Tres exploradores que están buscando al compañero que se perdió (supuso que eran exploradores cuando muy bien podrían haber sido turistas). 3) Exploradores caminando por la selva amazónica (lo de selva amazónica es otra suposición). 4) Cuatro turistas que se perdieron en el Congo (sin comentarios).

Alrededor de un 80% de las respuestas fueron erróneas porque no fueron objetivas, y ello a pesar de ser alumnos de posgrado acostumbrados a pensar rigurosamente. Luego les mostré otra lámina donde aparecen dos negros corriendo uno detrás del otro en una calle. Esta vez los alumnos fueron más cautos en sus respuestas: nadie respondió que se trataba de dos delincuentes huyendo de la policía, y todos se limitaron a responder “Dos negros corriendo”. Habían aprendido a distinguir hechos de suposiciones. Dicho sea de paso, la interpretación correcta era que uno de los negros era policía y estaba persiguiendo al otro, el delincuente. Y así andamos por la vida, confundiendo suposiciones con convicciones: al escuchar el chirrido de una puerta podemos creer firmemente que se abre cuando en realidad puede estar cerrándose; cuando el testigo declara que vio salir corriendo a una persona de la casa puede afirmar convencido que era el asesino, etc.

Las suposiciones no son necesariamente erróneas: muchas veces hemos supuesto algo y los hechos nos dieron la razón. El problema de suponer es hacerlo sin fundamento suficiente, lo cual puede deberse a dos cosas: a) que los hechos son lo suficientemente ambiguos como para dejar volar nuestra imaginación (una mancha de tinta puede hacernos suponer que es el dibujo de un murciélago); b) que los hechos son bien claros pero nuestra imaginación es tan exuberante que nos permitimos fantasear con ellos y, por tanto, distorsionarlos. Un escritor lo hace deliberadamente, pero el problema surge cuando lo hacemos de manera sistemática en la vida cotidiana. En otras palabras, cuando tenemos la manía de suponer demasiado, lo cual aumenta el riesgo de tomar decisiones equivocadas.

Un ejemplo típico son las suposiciones catastróficas. ¿Cuántas veces no nos hemos animado a hacer algo por temor a una catástrofe imaginaria? Si la invito a tomar una café me dirá que no y me sentiré terriblemente abochornado. Si pido un aumento de sueldo me despedirán. Si voy a bailar me atrasaré en mis tareas y me expulsarán del colegio. Si le digo a alguien lo que realmente pienso de él se vengará de la forma más horrible. Si mi pareja llegó una hora más tarde del trabajo, me engaña con otro. Quien se aflige antes de tiempo se aflige más de lo necesario, decía Séneca.

Las creencias disfuncionales catastróficas quizás tengan su origen en una memoria filogenética donde el hombre primitivo debía enfrentar diariamente situaciones de vida o muerte. Sin embargo, las condiciones actuales no son tan terribles, a pesar de lo cual esta memoria filogenética a veces nos hace reaccionar ante acontecimientos menos peligrosos como si se tratara de situaciones que amenazan directamente la supervivencia.

Todo el secreto consiste en saber distinguir cuando la catástrofe será real o imaginaria, es decir, cuando estamos suponiendo bien y cuando estamos suponiendo demasiado. Quien es capaz de distinguir la diferencia, feliz de él porque aumentará su probabilidad de tomar la decisión correcta, pero no siempre ocurre esto: si estamos colgados de una soga en el medio de una niebla cerrada, no sabremos si soltarnos o no porque no podemos saber si estamos a un metro o a mil metros del suelo.

El cerebro humano puede hacer las suposiciones más inverosímiles. La mandrágora fue considerada en la Edad Media una panacea contra todas las enfermedades, y se creía que crecía al pie de los patíbulos regada con el semen de los ahorcados. A veces el prejuicio se disfraza de teoría científica cuando se la afirma dogmáticamente sin haberla comprobado. Posiblemente tal haya sido el caso del psicólogo japonés Furukawa, para quien la personalidad está determinada por el grupo sanguíneo. Los tipo O son muy buenos empleados, los tipo B son gente flexible y amante de la libertad, y los tipo A gustan de ambientes muy estructurados. Al ser un órgano muy complejo, el cerebro es el que más falla. A veces él mismo corrige enseguida el error, y otras veces nos hace vivir equivocados toda la vida. La ciencia misma está llena de suposiciones. Un corolario del principio de inducción de la ciencia clásica sostiene que si una cosa ocurre dos veces, tiene más probabilidades de ocurrir que si hubiera ocurrido una sola vez.

Por ejemplo, si a lo largo del mismo periodo de tiempo, una persona se casa dos o tres veces es más probable que vuelva repetir el evento que aquella con un solo matrimonio. Otro corolario del susodicho principio podría decir que si una cosa ocurrió una o más veces, es más probable que vuelva a ocurrir que aquella que nunca ocurrió. Una mujer, que nada sabía del tal principio, era sin embargo muy conocedora del asunto cuando le recomendó a su amiga: “Querida, si esa ropa no la usaste en el último año mejor regalala porque no la volverás a usar más”.

Sin embargo, muchas personas tienen otro principio de lo más extraño: “Si una cosa ocurre dos o más veces, es mucho menos probable que vuelva a ocurrir”. Así, si salió dos veces el 35 en la quiniela, según estas personas habrá que esperar bastante para que vuelva salir. Claro que este razonamiento viola las leyes de la probabilidad: si el número 35 salió dos veces seguidas, tiene la misma probabilidad que cualquier otro número de salir la tercera vez, porque el azar carece de memoria. Y siguen razonando: “Si me cae un meteorito en la cabeza una vez, si sobrevivo ya nunca más me sucederá algo así”, lo cual es falso porque el azar permite que a la hora le caiga otro meteorito. Y si se trata del mismo meteorito deberá pensar en una teoría conspirativa. Fuera de la teoría de la probabilidad y entrando en el terreno psicológico, también es importante el número de veces que las cosas suceden, siendo por lo general la primera vez algo imborrable e irrepetible. “¿Cómo fue su primera vez?” solía preguntar un pícaro periodista a sus entrevistados, porque a nadie podía interesarle la segunda vez. Un evento puede ser muy importante no necesariamente porque haya sido lindo, sino simplemente porque fue el primero, lo cual puede ser una suposición, a veces errada pero a veces correcta: nadie olvida el nacimiento del primer hijo, pero cuando se trata del séptimo ni lo tiene registrado, salvo que sea otra vez varón y el padre sea el hombre-lobo.

Pablo Cazau. Diciembre 2012.

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