El encuadre psicológico

Entre otras funciones, el encuadre es un sistema de reglas que nos suministra, tanto en la clínica como en la investigación, un telón de fondo fijo o constante que nos permite detectar con facilidad las posibles variaciones en aquellos aspectos de la situación que pueden interesarnos.

 

Una mosca viajera.- ¿Dónde podemos detectar mejor una mosca caminando? ¿Cuándo camina sobre una pantalla donde están proyectando una película, o cuando camina sobre un cuadro colgado de la pared? Evidentemente podremos ver con mayor facilidad el desplazamiento de la mosca sobre un cuadro porque éste, al ser estático, permite visualizar más fácilmente cualquier cosa que se mueva. En una pantalla, en cambio, el movimiento de las imágenes nos dificulta ver el movimiento de la mosca, porque… todo se está moviendo.

Hasta aquí, podemos ir sacando la siguiente conclusión: si yo quiero detectar variaciones (como el desplazamiento de una mosca), tengo que contar con un fondo fijo y constante (como por ejemplo un cuadro), es decir, tengo que hacer un ‘encuadre’ (poner en un cuadro).

En las situaciones clínicas e investigativas trabajamos con variables, es decir, con atributos del sujeto que se supone que variarán. Y para detectar esas variaciones de las variables deberé armar un fondo de constancia y fijeza, llamado encuadre. Se trata de una de las funciones del encuadre, y para comprenderla mejor veamos algunos ejemplos.

 

Encuadre psicoterapéutico.- Imaginemos que con nuestro paciente no establecemos ningún encuadre definido: quedamos en que él puede venir cuando se le antoja, a la hora que quiera, nosotros podemos o no atenderlo ese día según nuestras ganas, pudiéndolo hacer en la cocina o en el garaje. Y encima de todo, nuestro paciente puede pagarnos lo que él quiera y cuando quiera. Tampoco establecemos las reglas de juego dentro de la sesión: si quiere asociar libremente que lo haga, y si no, no. Por nuestra parte, mientras tanto tenemos derecho a hacernos una siesta o mirar el programa de Tinelli por la televisión.

En este contexto no podemos evaluar, por ejemplo, variables importantes como son las resistencias o las transferencias del paciente. No podremos saber si llegó tarde porque no hay encuadre o porque tiene resistencias, como así también será difícil saber si nuestra paciente se quita la blusa en nuestra cocina por una falta de encuadre o por una intensificación de la transferencia positiva, otra variable indispensable en el tratamiento analítico.

En cambio, procedamos ahora a establecer un encuadre: fijamos reglas como horarios definidos, comportamientos en la sesión, honorarios, etc. Cuando todo esto se mantiene constante o fijo, cualquier variación en la resistencia o en la transferencia será inmediatamente detectada. Por ejemplo, si tras haber fijado un encuadre determinado, la paciente se quita la blusa, es decir, no respeta cierta regla del encuadre, entonces no habremos de pensar que falta un encuadre, sino que la transferencia positiva se ha manifestado. En cuanto a las resistencias, una medida de esta puede darla la magnitud de las violaciones al encuadre: y si no hay encuadre, resultará más difícil evaluar la resistencia. O para decirlo en otras palabras: si no creamos como fondo un marco de conductas esperables, nos resultará más difícil identificar conductas inesperadas o llamativas, y es así que un psicótico puede pasar mucho más desapercibido en una murga que en un grupo de estudio, donde el encuadre es menos flexible o permisivo.

 

El encuadre en psicoanálisis.- Señala Freud en la Conferencia 28, que “la cura analítica impone al médico y enfermo un difícil trabajo que es preciso realizar para cancelar unas resistencias internas”. Pero este trabajo al que Freud se refiere, para ser fructífero, debe realizarse bajo determinados condiciones, que implican ‘obligaciones’ que debe cumplir el analista (abstinencia, etc.), el paciente (asociar libremente, etc.) y ambos en un contrato que establece tiempo, honorarios, cantidad de sesiones, y que contribuyen a garantizar que dicho trabajo se realizará sin mayores obstáculos.

Un ejemplo de situación que puede amenazar este encuadre pactado entre paciente y analista es la intromisión de la familia del primero. Freud, en la Conferencia 28 más adelante, ofrece un ejemplo de una mujer a quien tuvo ocasión de tratar, pero el encuadre fue afectado por la intromisión de su madre, y el tratamiento no pudo proseguir: “la madre tomó rápidamente su decisión: puso fin al dañino tratamiento”. Esto viola el encuadre porque la paciente ya no está en condiciones de pactar libremente con el analista un conjunto de obligaciones que son las que permitirán el análisis.

Otros ejemplos los suministra Freud en sus artículos sobre la transferencia, donde la paciente se enamora del analista y, lejos de interpretarse esta situación como transferencial, analista y paciente se convierten en amantes violando el primero la regla de la abstinencia, una de las reglas del encuadre.

Dentro del encuadre está contemplado por ejemplo el tiempo y el dinero. Indica Freud que debe darse al paciente una hora determinada, que le pertenece por completo, y paga por ella aunque no la use. De otro modo puede empezar a aprovechar para faltar, lo cual pone de manifiesto la importancia del encuadre para el tratamiento. Sólo en casos extremos, como alguna enfermedad orgánica, podemos suspender momentáneamente esta regla.

En casos leves pueden bastar tres horas semanales: si son más espaciadas cuesta más seguir la vida actual del paciente, con riesgo para la cura, lo cual destaca nuevamente la importancia del encuadre para el tratamiento.

El encuadre también debe incluir honorarios. Freud reconoce haber hecho tratamientos gratuitos con el fin de eliminar toda fuente de resistencia, pero tal actitud no fue beneficiosa, pues la gratuidad intensifica mucho algunas resistencias del neurótico: en las mujeres, por ejemplo la tentación implicada en la transferencia, y en hombres jóvenes, la rebeldía contra el deber de gratitud, vinculada al complejo del padre. La ausencia de honorarios hace perder la relación entre médico y paciente todo carácter oral, quedando éste privado de un motivo principal para la cura.

El tratamiento analítico moviliza la energía preparada para la transferencia para luchar contra las resistencias, y muestra al paciente los caminos para canalizarla. Un encuadre adecuado permite cumplir con estas tareas.

En el caso de investigaciones que indagan la eficacia de tratamientos, está descontada entonces la importancia de fijar un mismo encuadre en todos los casos, para que influyan lo menos posibles las variables extrañas ajenas al tratamiento.

 

Encuadre experimental.- El experimento es un procedimiento incluido en las investigaciones científicas típicas. Aunque no es tan habitual denominarlo encuadre, también en una situación experimental existe la necesidad de crear un telón de fondo constante para poder identificar, por contraste, la variación de las variables.

O’neil ha definido un experimento como un modelo particular de variación y constancia con lo cual quería decir que un experimento consiste en hacer variar una variable para ver como varía otra, pero manteniendo todos los demás factores constantes.

Si quiero saber si influye o no la música funcional sobre el rendimiento de los empleados, haré variar la variable música funcional y veré si hay una variación concomitante en los rendimientos, pero para ello tuve que mantener constantes otras variables que podrían también haber influido en el rendimiento, como el salario. Si en el medio del experimento aumento todos los sueldos, no podré saber si la variación en los rendimientos obedece al salario o al cambio en la música funcional.

 

Encuadre psicodiagnóstico.- Otro ejemplo de encuadre en el contexto de la metodología de la investigación es el referido al empleo de los instrumentos de medición. La toma de un test puede realizarse con fines clínicos, laborales, forenses, etc., pero también con fines de investigación del test mismo, como por ejemplo cuando la prueba en cuestión está recién inventada y atraviesa aún un periodo de prueba donde constataremos su validez y su confiabilidad. Puede también servir a fines puramente estadísticos, como cuando queremos determinar la media de cociente intelectual de una población dada, o a fines de investigación pura, como cuando queremos verificar la hipótesis según la cual los tiempos de reacción a una consigna son directamente proporcionales a la ansiedad, con el fin de obtener una ley general del funcionamiento psíquico.

En cualquiera de los casos indicados es preciso también un encuadre. Por ejemplo, forma parte del encuadre la manera de administrar la consigna, que debe ser siempre la misma. No es lo mismo decir «dibuje SU familia» a decir «dibuje UNA familia», o a decir «Dibuje su familia haciendo algo«. Si a todas las personas a quienes le tomo el mismo test le administro consignas diferentes, no podré contar con un mismo patrón para comparar sus respectivas respuestas. Una misma consigna para todos permite, en efecto, asegurarnos de que las variaciones en las respuestas responderán a variaciones individuales de los sujetos, y no a variaciones en las consignas. ¿Porqué? Porque lo que nos interesa es precisamente la variabilidad individual, es decir, aquello que es propio de cada persona.

También forma parte del encuadre del proceso psicodiagnóstico el comportamiento del psicólogo durante la toma. Si en el medio de una administración yo empiezo a comportarme en forma rígida y autoritaria o de manera excesivamente permisiva y familiar, no sabré si las nuevas respuestas del sujeto derivan de su peculiar funcionamiento psíquico frente a las consignas de los tests, o de mis nuevos comportamientos.

Desde ya, yo puedo inventar un nuevo encuadre donde en el medio de la toma cambio ex profeso mi comportamiento, pero en este caso deberé aplicar el mismo encuadre en todas las tomas y recién entonces podré comparar, sobre este fondo constante, la variabilidad inter- individual.

 

Otras funciones del encuadre.- Siempre nos manejamos con encuadres, aún en la vida cotidiana: este encuadre son las reglas de convivencia. Es esperable que cuando llamamos por teléfono a alguien nos diga «Hola», y es esperable que cuando dos personas se presentan se extiendan la mano. En este marco de conductas predecibles, cualquier anomalía, cualquier variación será inmediatamente detectada, cosa que no sucede cuando no hay reglas y cualquier cosa puede esperarse de cualquiera en cualquier momento.

En estos casos, las funciones del encuadre social son variadas: puede servir para regular y tornar predecible el comportamiento ajeno («no tengo que temer al otro si me acerco a saludarlo, pues estoy casi seguro que responderá mi saludo amistosamente»), para identificarse con un grupo de pertenencia («Yo te saludo dándote la mano porque somos de la misma cultura»), etc., etc.

Pero fuera de estos encuadres socialmente instituidos, hemos mencionado otros encuadres ad hoc (o sea, construidos especialmente para ciertas situaciones especiales), como el terapéutico y el psicodiagnóstico. Tales encuadres suelen tener además otras funciones, entre las cuales podemos citar dos como ejemplo. Una primera función del encuadre es la de proveer un marco disciplinario que otorgue seriedad y obligue a un compromiso con la tarea. Si decimos a un paciente que venga cuando quiera, la tarea terapéutica puede perder importancia a su consideración, es decir, puede pensar que la cura es una joda. Otras veces un encuadre, y sobre todo si es menos flexible, servirá como metamensaje para aquellos pacientes que no les gusta someterse a ninguna disciplina y que necesitan alguien que les ponga límites, o para aquellos otros que consideran que pueden controlar el tratamiento introduciendo las variaciones que se les antoje en las reglas del encuadre.

Una segunda función es el hecho de que un encuadre contribuye a que tanto paciente como terapeuta puedan organizarse la vida racionalmente. En general, todas nuestras actividades cotidianas están regladas en cuanto a horarios, días, etc. aún las que pueden parecer más espontáneas como la planificación del tiempo libre. Si no establecemos ningún encuadre en un tratamiento y nuestro paciente puede venir cuando se le antoja, deberemos estar todo el día esperando al paciente por las dudas que se le ocurra aparecer, y mientras tanto nosotros no podremos hacer ninguna otra actividad. O bien si la hacemos, el paciente nunca estará seguro de encontrarnos cuando venga a visitarnos.

 

(Extraido de Cazau Pablo, “El encuadre psicológico”)