Nombre, edad, ocupación y lugar

 

Luego de peregrinar infructuosamente por varios médicos de su país, un día un hombre fue a visitar a cierto médico oriental llevándole toda su historia clínica, radiografías, ecografías y otros resultados de laboratorio. El médico le dijo que todo aquello no le servía, y que solamente necesitaba saber su nombre, su edad, su ocupación y el lugar donde vivía. ¿Pueden estas cuatro cosas pueden influir en nuestra salud?

 

Nuestro nombre.- Las palabras tienen el poder de crear, cambiar y destruir las cosas. Un filósofo decía que la palabra mata la cosa, y por ello los súbditos no podían pronunciar el nombre del rey, representante de Dios en la tierra, porque corría el riesgo de quedar destruido. En un cuento de Arthur Clarke, «Los nueve billones de nombres de Dios», una gigantesca computadora logra encontrar todos los nombres posibles de Dios, tras lo cual los científicos consternados vieron como las estrellas del firmamento iban apagándose una por una.

Las palabras que escuchamos pueden cambiar nuestro comportamiento y hasta nuestra personalidad, como cuando al paciente le dicen que sufre depresión y empieza a comportarse como tal: es lo que se llama la psiquiatrización del síntoma.

Y por último, las palabras pueden también crear algo de la nada. Alguien dijo alguna vez que sólo existe lo que podemos nombrar, de lo cual puede inferirse uno de sus corolarios: “Si queremos que algo exista, nombrémoslo”, y fue así que Dios existió. Así entonces, una palabra puede crear, transformar o destruir a una persona, especialmente si esa palabra es un nombre propio, un apellido, un apodo o un nick. Si en lugar de ¡Eh, usted! nos llaman por nuestro nombre, uno se siente como más reconocido… salvo cuando a nos llaman para entrar en la sala de operaciones o para rendir un examen.

Un nombre, un apellido o un apodo no es parte esencial de la persona, pero suele decir algo acerca de ella y de los deseos de quienes lo acuñaron.

 

El nombre propio.- Hay nombres vulgares y otros exóticos no siempre aprobados por el Registro Civil. Un padre, luego de tener una seguidilla de hijas mujeres, había intentado llamar a su primer varón “Al fin carajo”.

Otro eligió uno decididamente tierno y romántico como Mahuen Cuyén para una niña, que en mapuche significa ‘lluvia de luna'».

Un nombre sirve para calcular la edad de una persona porque está de moda en ciertas épocas. Así, Graciela debe tener más de 50 años, mientras que Jessica seguramente será más joven. Sin embargo, el nombre puede indicar cosas más trascendentales como los deseos paternos, y si nos empeñamos en cumplirlos tendrá en nosotros un efecto constituyente, o sea, seremos nuestro nombre. Se cuenta el caso del matrimonio que tuvo una hermosa niña a la que bautizaron Poupée, que en francés significa ‘muñeca’. Hacia los dos años la pequeña entró inexplicablemente en un estado de coma profundo, comía y bebía mediante sondas, estaba rozagante y hasta ligeramente sonriente pero estaba inmóvil. Igual que una muñeca. Los padres obviamente se mostraron consternados pero, ¿acaso no delataron sus intenciones de tener una muñeca por hija al elegir tan peculiar nombre?

El apellido.- Mientras el nombre propio define la individualidad, el apellido es el portador de la tradición familiar, y por eso Dios no lo tiene porque Él fue el primero. Hay personas que arrastran su apellido por la vida como una pesada piedra solamente porque su padre era famoso, o porque es demasiado complicado de pronunciar como el de mi amigo Iturrigoycoerrotaberricoechea, o porque puede generar, por una desafortunada combinación con el nombre, sarcásticas sonrisas, como Susana Horia o Teorino Latesta.

Un apellido no está asociado a un único significado: aunque muchos relacionen a Maradona con jugador de fútbol, hay otro mucho menos conocido. Diego fue la “mano de Dios” en el Mundial de México, y Esteban el “doctorcito Dios” de la selva formoseña.

Algunos apellidos se limitaban a informar que uno es hijo de alguien (González es hijo de Gonzalo) y otros comunicaban el lugar de nacimiento (Aristóteles de Estagira o Heráclito de Éfeso). En otros casos, pueden llegar a alterar sustancialmente la vida de una persona, como el caso ficticio del señor Zebatinski o el caso real del señor James Bond. Isaac Asimov, en su historia «S de Zebatinski» relata que cierta vez un hombre fue a consultar a un experto para ver cómo podía resolver ciertos graves problemas que lo aquejaban. Luego de estudiar larga y sesudamente su caso, le informó que su vida cambiaría radicalmente si cambiaba una letra de su apellido. El señor Zebatinski, confundido pero sin otra solución, decidió finalmente reinscribir su apellido con S en lugar de Z. Fue así que sus siguientes trabajos de investigación en física empezaron a aparecer firmados por un tal Sebatinski, y fue también así que algún funcionario curioso empezó a remover el pasado de un personaje de tan curioso apellido. La exploración desenterró trabajos de investigación que hasta entonces habían pasado desapercibidos, y Sebatinski pudo alcanzar la gloria y el reconocimiento de la humanidad en breve tiempo. Algo así como la importancia de llamarse Ernesto (o Sebatinski, en este caso).

De la misma manera la vida de un señor real, ornitólogo él, llamado James Bond, cambió cuando se popularizó su nombre en las aventuras del superagente creado por Ian Fleming. Durante años este verdadero Bond tuvo permanentes problemas con su nombre en hoteles, aeropuertos, comisarías y cualquier lugar dondequiera tuviese que presentarse o identificarse, aunque también habrá tenido permanentes soluciones, si acaso se le hubiera acercado alguna señorita atraída por las resonancias épicas de su denominación social.

Y valga una última reflexión. Ni los perros ni Jesucristo necesitan apellido, pero parece que a los seres humanos no les basta con uno solo. Otrora un rasgo de abolengo y distinción, el doble apellido es hoy una tendencia creciente. Cualquiera puede tenerlo legalmente en países como Uruguay o Argentina. Típicamente son los apellidos del padre y la madre, por aquello de que la patria potestad les corresponde a ambos progenitores, entre otras posibles razones. Pero ¿qué pasaría si un padre con doble apellido y una madre con doble apellido tienen un hijo? Sencillamente tendrían un hijo con cuatro apellidos. Conozco a alguien que conoció a alguien así. Y si la cosa continuara, en las siguientes generaciones encontraríamos individuos con 8 apellidos, con 16 apellidos y… ¡con 32 apellidos! Aunque legalmente yo soy un pobre tipo con un solo apellido, con las nuevas leyes podría agregarme otros tres para completar los dos de mi padre y los dos de mi madre, con lo cual pasaría a llamarme Pablo Cazau Deviller Lecroq Augier. ¿No tiene glamour? ¡Si hasta pareciera que soy más importante!

 

El apodo.- Como los parientes, no los hemos elegido y pueden caernos bien o mal. El apodo refleja cómo nos ven los demás, y al respecto podemos citar también el caso de una adolescente, de nombre Susana: en su casa la llamaban «Su», y se quejaba amargamente porque le habían sacado la parte «sana».

Hay también apodos que elegimos para nosotros, como cuando escribimos algo con un seudónimo, o cuando debemos elegir un nick en Internet. Un ta nombre refleja lo que creemos ser, lo que quisiéramos ser, lo que queremos mostrar a los demás, lo que somos, lo que fuimos alguna vez o incluso lo que queremos ocultar de nosotros frente a los demás, cuando en Internet no osamos poner nuestro verdadero nombre para no hacernos responsables de algún desatino que publiquemos.

Inventar muchos nicks pueden servir también para crear un ejército de aliados que comentarán favorablemente las notas de su nick oficial, o le bajarán sistemáticamente puntos o criticarán las notas de un usuario que no le caiga bien. Es un ejército gratuito, incondicional y absolutamente controlable. En los casos de juegos o competencias del tipo Gran Hermano u otro, una persona puede anotarse con varios nicks, con lo cual aumentan sus probabilidades de ganar.

 

Nuestra edad.- Solemos atravesar en nuestra vida tres grandes etapas: cuando somos deseados (con suerte, antes de nacer), cuando somos soportados (y con suerte queridos, mientras vivimos), cuando somos recordados (después de morir).

También hay tres etapas vitales. En la primera pisamos el acelerador, en la segunda sacamos el pie del acelerador pero todavía no pisamos el freno. Y en la tercera, con el pie apretando el freno, ya nos quedan días o semanas para el final. Algunos pisan el freno antes de tiempo, como quien se siente viejo al cumplir los 30 años sin saber que todavía tiene toda la vida por delante.

Si consideramos la niñez, la juventud, la adultez y la vejez, las características de cada edad tienen una determinación tanto natural como cultural. Hay veces que no vivimos de acuerdo a nuestra edad cronológica. No podemos correr y saltar todo el día a los 80 años porque nos olvidamos de reposar, meditar y recordar, ni tampoco tocar todo el día el piano a los 4 años porque nos olvidamos de jugar.

La niñez es la edad de los padres perfectos y omniscientes. Cierta vez un niño preguntó a su papá si era verdad que los padres sabían más que los hijos, a lo que el hombre contestó que sí. Le preguntó entonces quién había inventado la pila, a lo que su progenitor contestó: «Volta». El niño se quedó pensando y finalmente le volvió a preguntar: «¿Y por qué no la inventó el papá?».

¿Los niños son buenos o malos? Hay quienes como Rousseau sostienen la teoría del angelito, según la cual los niños nacen buenos pero los hace malos el entorno social, y otros que defienden la teoría del monstruito, donde los niños nacen malos y entonces hay que domesticarlos.

Sostener posiciones extremas como éstas equivale a no percatarse de que la verdad, como el aire, está repartida en muchos lugares distintos. Perversos polimorfos según Freud o genuinos teorizantes de la realidad según Piaget, en última instancia los niños son seres para los que jugar es tan importante como ejercer su profesión para un adulto. Y son también, como los adultos y los adolescentes, los hacedores de los recuerdos de la vejez.

La adolescencia es la edad del descubrimiento de la eternidad. El lema que rige sus actividades es «no dejes para mañana lo que puedes hacer pasado». Es también la edad donde sacan a sus padres del pedestal en que los habían puesto hundiéndolos en el fango, tanto que llegan a fantasear que cuando niños les cambiaron la familia, porque no puede ser que «yo tenga padres tan tontos», por usar un eufemismo. En la adolescencia se puede ingresar por convención, con la fiesta de los quince o los primeros pantalones largos (¡qué antigüedad!), o por convicción con el primer orgasmo o la primera tristeza por el niño que se dejó de ser.

Y de la edad donde disfrutamos de la primera novia vamos pasando insensiblemente a la edad donde discutimos con la última esposa. Nos referimos a la adultez, esa parte de la vida que se extiende entre el fin del comienzo y el principio del fin. Mientras el adolescente tenía todo el futuro para recorrer y el anciano todo el pasado para recordar, el adulto tiene todo el presente para disfrutar.

Pero es también la edad donde las leyes físicas nos revelan el paso del tiempo: la ley de la gravitación de los años (cuando más son, más pesan), y la ley de la conservación de la materia aplicada a la edad («Los años que se quita una mujer van a parar a sus amigas», como dice el proverbio chino). Y si acaso en esta etapa media de la vida recibimos inopinadamente la idea que vamos a morir con tanto desconcierto e incredulidad, es porque seguimos creyendo, como en la juventud, que somos inmortales. No obstante a diferencia de ésta, la adultez es el momento de la tímida reivindicación de los padres, que dará luego espacio a la vejez, donde ellos serán venerados.

La vejez es una etapa vital que se suele acelerar o retardar. En algunas especies la senectud dura tiempos increíblemente cortos: luego de su periodo reproductivo, el pulpo sufre de pronto una liberación masiva de hormonas, envejece y muere casi repentinamente. El hombre acorta también su vejez con sus malos hábitos y sus tristezas, pero a diferencia del pulpo puede retardarla buscando la eliminación de esos factores. En el Cáucaso, el hombre más anciano del mundo había revelado, en un reportaje, el secreto de su longevidad: poca comida, mucho trabajo y mucho amor. Y mientras hablaba, estaba curando las heridas de su hijo de 145 años, que no estaba en su edad adecuada, se había caído de un árbol mientras recolec taba frutas. Mientras leo en la Biblia que Matusalén vivió 969 años, recuerdo una frase de Wilson Mizner: «La vida es dura, lo peor son los 100 primeros años». Sin embargo, la felicidad no viene garantizada por una cifra de tres dígitos, sino que se construye diariamente haciendo en cada etapa lo que a esa etapa corresponde. Un anciano no puede volver a ser joven, ni un joven debe ser viejo. Al igual que el niño, el anciano usa pañales y como él, también tiene poco tiempo de vida. La diferencia está en que la vejez es el momento del descanso, de los recuerdos y los balances.

Cada etapa de la vida tiene su propio momento de plenitud, pero otros hablan de un solo momento pleno en la vida. En la novela «Los Idus de marzo» el autor expone una interesante teoría según la cual todos nosotros naceríamos con una determinada ‘edad’ psicológica y, cuando llegamos cronológicamente a esa edad, alcanzaríamos la plenitud de la vida, donde nuestras potencialidades alcanzan su máximo despliegue. Por ejemplo, si uno nace con la edad 50, cuando cumpla 50 años habrá alcanzado la plenitud de su existencia, será el momento de los grandes logros, del momento donde uno está más feliz consigo mismo, etcétera. Y más aún, la edad 50 sería tan determinante que durante toda la vida, tenga la edad que tenga cronológicamente hablando, siempre estaría comportándose como una persona de 50 años.

Un ejemplo patético es el Dalai Lama, jefe espiritual de los budistas tibetanos. Para este cargo es seleccionado un niño muy pequeño, quien ya desde entonces comienza a comportarse -y los hará el resto de la vida-, como una especie de niño viejo. Se habrá identificado no sólo con un rol sino también con una edad: la edad de la ancianidad, donde según esta religión se alcanza la sabiduría. La edad admite desfasajes. A los 40 me sentía como uno de 20, y la diferencia era de 20 años. A los 60 me sentía como uno de 45, y la diferencia bajó a 15 años. Tal vez llegue un momento en que las edades espiritual y cronológica coincidan, sintiéndome a los 70 como uno de 70. A partir de entonces, tal vez volverán a haber diferencias pero al revés, porque los años pesarán cada vez más, y me sentiré como uno de 90 a los 80 años, y luego como uno de 100 a los 85 años.

Si la anteúltima edad del hombre es la vejez, donde el hombre recuerda, la última etapa es la posteridad donde el hombre es recordado. Esta etapa suele durar dos o tres generaciones, que es el tiempo en que nuestros abuelos empiezan a desdibujarse hasta transformarse en algo irreal, salvo que ellos hayan dejado algún testimonio relevante de su paso por la vida.

Algunos, como Shirley Temple, son recordados sólo por su niñez, y otros solamente por su juventud como Los Beatles o Greta Garbo. Y algunos otros apenas por un abrazo, una conversación, un olor o una cachetada.

 

Nuestra ocupación.- Los factores que pueden determinar la elección de una ocupación son cinco: se elige una ocupación de acuerdo a lo que se puede (capacidades, oportunidades, ofertas laborales), de acuerdo a lo que se debe (mandatos familiares), de acuerdo a lo que se quiere (preferencias personales), de acuerdo a lo que conviene económicamente, y/o de acuerdo a la edad. Si tenemos la fortuna de cumplir estos requisitos, estaremos en la ocupación adecuada.

La edad ideal para ser matemático es la juventud, tal vez porque a esa edad ya está formalmente estructurada la inteligencia y ella puede funcionar independientemente de los contenidos derivados de una experiencia que aún no tuvo tiempo suficiente de acumularse. Evaristo Galois murió en plena juventud, pero fue uno de los más grandes matemáticos que produjo la humanidad.

La juventud es también la edad ideal para el deporte. La adultez son en cambio la edad ideal para ser cirujano o astronauta, profesiones que requieren una dosis equilibrada de fuerza física y experiencia.

La vejez es una buena edad para ser filósofo, porque a esa altura se tiene ya el adecuado conocimiento como para poder armar una imagen fundada y plausible sobre el mundo y la vida. El anciano lo ha visto todo, y puede ahora hacer una síntesis filosófica que le permita una comprensión global del mundo y de sí mismo, aunque siempre persistirán misterios sin resolver.

No han faltado quienes propusieron explicaciones psicoanalíticas para elegir una ocupación. Melanie Klein, por ejemplo, veía en las profesiones una actividad que tiende a la reparación inconciente de algún daño que en su fantasía la persona cree haber cometido. Según esto, alguien eligió ser ingeniero civil quizá porque en su infancia su padre le repetía siempre que había destruido el hogar, y ahora con su profesión de ingeniero podría reparar el error liberándose de la culpa.

 

Nuestro lugar.-Aristóteles afirmaba que cada cosa en el universo tenía su ‘lugar natural’. Las piedras tenían su lugar natural en el centro de la tierra, y por ello siempre tendían a caer. La caída resulta ser así un movimiento natural que hace tender a los objetos pesados hacia su sitio natural, pero en cuanto los apartamos de esa dirección y arrojamos la piedra hacia arriba, este movimiento ‘violento’ termina cesando para retomar su tendencia hacia la tierra. El aire y el fuego, en cambio, tienen su lugar natural en el confín del universo, de aquí que sus movimientos naturales los llevaban a subir.

Todos nosotros, al entrar en un recinto (reunión, iglesia, cine, gimnasio, colectivo) buscamos el lugar que más nos conviene y donde estaremos más cómodos, elección que depende de innumerables factores como los ruidos, la luminosidad, la ventilación, y la lejanía o proximidad de ciertas personas.

En ciertas circunstancias, el lugar físico ocupado por una persona puede volverse dramáticamente muy importante, como cuando en algunas culturas y otras épocas nadie ocupaba la silla del difunto en la mesa familiar. El lugar físico de una persona es un modo de regular y definir simbólicamente las relaciones sociales. El presidente del directorio ocupa la cabecera de la mesa de trabajo, el jefe de la familia la punta de la mesa, el anfitrión el mismo sitio y cada invitado un lugar predeterminado según su importancia.

La planificación del protocolo suele a veces ser una tarea ardua, donde no resulta difícil herir susceptibilidades. Existe sin embargo, una importancia muy especial de los lugares físicos que está más allá de las cuestiones protocolares. A la hora de orga nizar nuestra vida debemos resolver varias cuestiones como por ejemplo el ‘qué’ (qué haremos, qué seremos), el ‘con quién’ (quienes habrán de acompañarnos en nuestro paso por el mundo), el ‘cuando’ (en qué momento casarse, trabajar, viajar), pero también el ‘dónde’ (el lugar donde estaremos para vivir, descansar, estudiar, dormir, divertirnos).

¿Quien no se imaginó alguna vez la casa de sus sueños? ¿Quién no sintió mejor por el sólo hecho de cambiar de lugar físico, e incluso de cambiar de lugar los muebles que lo rodean? ¿Quién no se ha quejado del lugar donde vive? Sin embargo, frecuentemente ocurre que siempre volvemos a los lugares de los que nunca nos fuimos.

Los chinos dominan el arte del Feng -Shui, o arte de saber elegir el lugar donde vivir, trabajar o descansar según las características de cada persona o pueblo en particular, pues de ello dependerá su felicidad o su desgracia. El experto en Feng-Shui puede combinar armónicamente cinco factores: el terreno (preferiblemente ondulado), su estabilidad y tipo, la arena y el paisaje, el agua, y por último la orientación.

Se dice que la ciudad de Hong Kong debe su actual emplazamiento a los consejos de un experto en Feng- Shui, que debió ser consultado ante los reiterados ataques de invasores que sufría la ciudad, porque estaba en el lugar equivocado. En Occidente, quizá la profesión que más se asemeja a la del experto chino sea la del arquitecto que diseña nuestra casa, o la del psiquiatra que curó la depresión de su paciente porque lo hacía ir a su consultorio en el medio el campo. A veces también nosotros mismos nos constituimos en ‘expertos’ cuando al elegir nuestra futura casa consideramos una serie de factores tales como los ruidos, los vecinos, la orientación respecto del sol, la vegetación, etcétera.

El hombre es él más su entorno, y así como el lugar donde vivimos termina adquiriendo nuestra fisonomía (cada dormitorio, cada barrio refleja la personalidad de sus ocupantes), así también cada habitante de un ‘lugar’ termina adquiriendo las características del mismo fusionándose con él para bien o para mal, según esté o no en el lugar adecuado y en el momento correcto.

Pablo Cazau

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