Nuestras «múltiples» personalidades

Un hombre puede ser un tirano en el trabajo, romántico con su mujer y comportarse como un niño en un parque de diversiones. Puede ser interesante en un momento y aburrido en otro. Normalmente todos actuamos diversos personajes, algunos espontáneos y otros creados deliberadamente, lo cual puede hacernos pensar que alguno ha de ser la persona real y las demás imposturas o falsificaciones, y hasta llegamos a pensar que una persona habitualmente malhumorada es falsa cuando se muestra amable.

Sin embargo, todos son diversos aspectos igualmente reales y auténticos de un elemento unitario que es nuestra personalidad, que se manifiesta bajo diversos aspectos según las circunstancias tal como puede hacerlo el camaleón o el mismo pulpo, rey de los disfraces.

Algunos aceptan los aspectos diferentes y hasta contradictorios de su personalidad, incluso cuando alguno de ellos pueda ser el dominante y ocupar la mayor parte del día, o cuando algún otro personaje no sea de su agrado. Cuando en un ataque de ira rompemos todo y nos aislamos del mundo, uno de nuestros personajes toma momentáneamente el mando, y quizás más tarde tomará el control de nuestra mente un personaje más tranquilo, que hasta llega a tomarse la vida con humor.

Si en una obra de teatro representamos a un tirano, aparece el tirano escondido que somos, y cuando en una reunión social nos vemos obligados a ser corteses y educados no estamos simulando: simplemente estamos representando un personaje que no nos gusta, tan real como los otros aspectos más queribles de nuestra personalidad. De hecho, amamos más a algunos de nuestros personajes, y odiamos más a otros (“odio ser vanidoso o hipócrita, pero a veces me sale y no puedo evitarlo”). Todos tenemos aspectos que nos avergüenzan, nos aburren, nos hacen felices… y aspectos que desconocemos.

Cuando en una red social adoptamos un apodo o alguna imagen que nos representa, estamos asumiendo un personaje que representaremos fácilmente en nuestras intervenciones. Hasta aquí todo puede entrar dentro de la normalidad, pero hay casos patológicos. Lo que los científicos llaman Trastorno de Identidad Disociativo, también conocido como personalidad múltiple, es un padecimiento donde la persona tiene dos o más identidades (habiéndose registrado casos de pacientes con cien personalidades) y por lo general dicen haber padecido abuso físico y sexual, sobre todo en la infancia. Sin entrar en detalles técnicos, bastará con retratar brevemente el caso real de una mujer de 40 años, casada y madre de dos niñas. Bueno, esa es una de sus personalidades. Cuando va al supermercado con su esposo e hijas, puede ocurrir que adopte otra personalidad durante varios minutos, transformándose entonces en una niña de siete años que se llama Jennifer, que habla como niña y pide insistentemente que le compren los dulces que le gustan. Reconoce a su esposo pero no como tal sino como a un amigo o un tío, mientras que sus hijas son sus amiguitas.

Otras veces asume durante varias semanas el personaje de Marylin, una adolescente rebelde que fuma y toma marihuana. Se va de la casa, deambula por hoteles, compra ropa y pasea por los bares y plazas gastando el dinero de su familia con una tarjeta de crédito. De repente, estando dormida en alguna pensión, puede asumir el mando su personalidad de ama de casa y entonces se preguntará asombrada y alarmada qué hace ahí con ropa que nunca se compró y con un cigarrillo en la mano cuando ella en realidad no fuma. Y es que las personas con este trastorno no pueden recordar sus otras personalidades, extrañándose sobremanera cuando les dicen que durante semanas fueron deambuladores adolescentes. Las personas normales, en cambio, saben que existen sus otros personajes, más allá de si les gustan o no.

Otra de sus personalidades es un ser masculino y agresivo, y la mujer no pudo entender cómo una madrugada llegó a su casa golpeada y desecha luego de haber recorrido la noche urbana. La mujer debió ser internada y sometida a un tratamiento de psicoterapia, y tuvo la suerte de tener un esposo que la amaba a toda ella, incluyendo sus otras personalidades, de la misma forma que amamos al ser que nos tocó amar con todas sus virtudes y defectos.

Pablo Cazau

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