Cómo fundamentamos nuestras creencias

Cuando alguien afirma algo y le preguntamos por qué afirma eso, puede fundamentarlo de tres maneras distintas: en base a los hechos, en base a la lógica, o en base a la autoridad.

Por ejemplo, si afirmamos que “siempre fracaso cuando emprendo algo”, podemos fundamentar esto de tres maneras:

a) En base a los hechos: “Porque todas las veces que emprendí algo fracasé”.

b) En base a la lógica: “Mis fracasos son una consecuencia lógica de mi personalidad. Yo soy así”.

c) En base a la autoridad: “Mi papá me dijo que yo siempre fracasaría, y él siempre tiene razón”.

Si nos basamos en los hechos, deberíamos preguntarnos por qué siempre estamos fracasando, y tal vez respondamos con el segundo criterio (“porque soy así”).

Si a su vez respondemos “porque soy así”, es muy probable que ello se deba a que de niños nos convencieron que siempre fracasaríamos.

Los niños adhieren a creencias en base a la autoridad: todo lo que ellos creerán es porque se los dijeron sus padres. No tienen la suficiente experiencia de vida para fundamentar sus creencias en base a los hechos, ni han desarrollado lo suficiente su inteligencia como para hacer un razonamiento deductivo y, por tanto, para fundamentar sus creencias en base a la lógica.

Moraleja: revisa tus creencias, y especialmente aquellas que te impiden desarrollarte y ser feliz.

Pablo Cazau

Qué hacer con el tiempo

 

 

El cerebro humano evoluciona a los tropiezos.

Su parte racional, el neocórtex, apareció ‘ayer’, comparativamente hablando, lo cual puede explicar porqué no sabe todavía qué hacer –de la misma forma que un mono al encontrar una Notebook- con uno de sus principales descubrimientos: el tiempo.

El cerebro ha descubierto que el tiempo es algo mucho más extenso que los breves segundos del presente a los que estaba acostumbrado desde sus lejanos orígenes reptilianos.

Por empezar, encontró dificultades para concebir tamaña extensión y fue así que por ejemplo, en el año 1654 se calculó que la creación del mundo tuvo lugar el 26 de octubre del año 4004 antes de Cristo. Por la misma época, Giordano Bruno fue quemado en la hoguera por sostener, entre otras cosas, que el universo era infinito, con lo cual resultaba imposible que Dios lo hubiese creado en algún momento.

Las profecías apocalípticas que fijan fecha y hora de la destrucción del universo son tal vez otro ejemplo de la dificultad para entender la enorme magnitud del tiempo.

Pero no hablemos del macrotiempo cósmico. La parte racional de nuestro cerebro ni siquiera se ha acostumbrado al escaso microtiempo que nos toca vivir individualmente.

Por empezar no sabemos qué hacer con nuestro pasado, y entonces nuestra parte emocional, el cerebro límbico, lo puebla de remordimientos, arrepentimientos, y recuerdos dolorosos que nos atormentan una y otra vez. Los reptiles no saben que tienen un pasado y están libres de todas esas cosas.

Tampoco sabemos cómo lidiar con nuestro futuro, con lo cual nuestras emociones lo invaden con preocupaciones ridículas, peligros imaginarios que vanamente intentamos neutralizar con cosas como la promesa de una vida eterna pletórica de felicidad (siempre y cuando nos portemos bien y vayamos al cielo).

Al cerebro racional le cuesta entender que el pasado sirve para aprender, y de allí aquel dicho que describe al hombre como el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Y le cuesta también entender que el futuro es algo para planificar, y entonces no puede medir las consecuencias de sus actos terminando herido, encarcelado, enfermo o muerto antes de tiempo, valga la redundancia.

Y es así como nuestro cerebro racional intenta resolver estos graves problemas resignificando el pasado quitándole carga traumática, como hace la terapia psicoanalítica, o resignificando el futuro a través de un proyecto de vida como hace la terapia existencial humanística.

Acorralado por su negro pasado y por su futuro aún más negro, nuestro cerebro también puede optar por refugiarse en el presente, el único lugar que siempre conoció desde hace millones de años. Entonces decide encapsularse en un eterno presente y vivir al día entregándose a los placeres mundanos y a las drogas peligrosas, o bien implementando estrategias ‘sanadoras’ como el concentrarse en el aquí y ahora de la terapia gestáltica o del pensamiento budista.

No estoy desestimando esa forma de terapia ni este estilo de vida. De hecho, son una de las pocas cosas que el cerebro puede implementar, mientras aún no haya aprendido qué hacer con el tiempo.

Pablo Cazau

¿Somos delirantes?

Todos nosotros, en algún momento de nuestra existencia, nos pasó por la cabeza pensar: “¿y si mi pareja me está engañando?”, cuando un día volvió media hora más tarde de lo acostumbrado. Sin embargo, pronto hemos descartado tal idea por ridícula, al haber constatado diversos elementos de juicio objetivos en su contra.

También pudo habernos ocurrido, en la calle o en una reunión, haber fantaseado con que tal o cual persona estaba enamorada de nosotros. Sin embargo, pudimos también descartar esta idea, aunque persistiese el deseo de ser el objeto de amor del otro, porque diversas constataciones en la realidad se convirtieron en una prueba objetiva de que nuestra creencia fue errónea.

¿Y a quien no se le pasó por la cabeza creerse no sólo mejor que los demás sino el mejor de todos? Y nuevamente la cruda realidad nos informaba que siempre habría personas mejores y peores que uno mismo.

Tal vez también alguna vez sentimos que alguien nos estaba hostigando y persiguiendo, sobre todo en algún callejón oscuro, cuando en realidad, como dice el tango, comprobábamos que eran sombras, nada más.

Si hemos atravesado cualquiera de estas experiencias alegrémonos: nuestras creencias tal vez pudieron constituir una idea fija, pero no llegaron a estructurarse como un delirio y podremos durar un poco más sin ser internados.

Los pacientes psicóticos en cambio, no se han salvado.

En la idea delirante, el sujeto tiene la firme convicción de ser un ‘cornudo’ a pesar de estar casado con la mujer más fiel del mundo, o de que el otro está profundamente enamorado de él a pesar de todas las evidencias en contra, a pesar de que el supuesto enamorado no le da ni la hora, y aún más, a pesar de que el otro le explica reiteradamente que él no significa absolutamente nada en su vida.

Tiene también la firme convicción de ser el mejor de todos a punto tal de creer que es Dios o Napoleón, y puede también estar convencido que es perseguido por la CIA a pesar de ofrecérsele evidencias concluyentes de su error.

Entre nuestras creencias normales y los delirios psicóticos hay aún una categoría intermedia: el delirio histérico, donde la persona cuenta por ejemplo que está gravemente enferma y que ya padeció diez operaciones. Cuando los demás la escuchan le creen, porque relata su calvario de manera coherente y aparentemente sincera, pero no llega a ser un delirio psicótico porque sabe íntimamente que todo es mentira. ¿Y entonces porqué miente? En el caso del delirio histérico lo hace para llamar la atención, para que la cuiden y la quieran. En otros casos, las personas mitómanas mienten sobre su vida porque la consideran aburrida y desprovista de encanto y aventura, como quien relata viajes exóticos o mágicas experiencias que satisfacen su necesidad de ser admirados y reconocidos. Ellos también íntimamente saben que mienten, aunque algunos, a fuerza de repetir la mentira, llegan a creérsela firmemente.

¿Y usted qué es? ¿Es una persona normal, un psicótico, un histérico o un mitómano? Si es una persona normal, el único problema que tendrá es lidiar con ellos.

Pablo Cazau