El Quejómetro

Hablemos de la queja

A todos nos ha pasado de quejarnos ante alguna situación que no nos agrada. Nos quejamos para expresar nuestras emociones, con (quizás) la ilusión de que las situaciones se mejoren solas.

La queja es una forma de expresión que muestra una disconformidad ante algo que nos sucede o que le sucede a otros. Pone de manifiesto algo que, a nuestro criterio, no está bien, no funciona, no corresponde, no merecemos.

Pero hay quienes hacen de la queja un hábito y hasta un estilo de vida. Nada es como ellos quisieran, y lo manifiestan en forma constante. Son esas personas de las cuales siempre esperamos su “sí, pero…”, que nos informa que siempre es posible ver lo negativo de una situación, que no tienen entusiasmo y nos lo quitan a nosotros también.

Sigue leyendo

La grieta interna

Pocas veces nos detenemos a preguntar si estamos llevando una vida automática. El mismo ritmo de vida y nuestros hábitos y rutinas hacen que nuestros días sean todos bastante parecidos.

Solemos transitar nuestros días en un circuito automático en el que no estamos presentes totalmente en lo que hacemos, porque si nos observamos un instante vamos a encontrar que nuestra mente siempre está en algún otro lugar diferente al que está el cuerpo.

Una gran grieta está dentro nuestro. La grieta mente-cuerpo nos ha sido instalada desde hace ya mucho tiempo y es una creencia, ahora disfuncional que aún tenemos, y viviríamos mejor si nos olvidamos de ella. Confirmaciones de esta disociación es cuando nos sucede algún accidente doméstico, cuando registramos que olvidamos un dato que no debíamos olvidar, cuando enfermamos,  cuando nos cuesta dormir por las noches o nos desvelamos a la madrugada, cuando el miedo o el enojo nos dominan, cuando  tenemos dificultades para concentrarnos a tal punto que no podemos leer más de 3 líneas seguidas de cualquier texto o mirar un video que dure más de 3 minutos. Estas y otras más son señales de nuestra grieta personal entre mente y cuerpo.

La única manera de disolver esta grieta es a través de la atención, trayéndome al presente como si tirara de un piolín para bajar un globo, repitiéndome “respiro”.

También puedo reforzarlo con frases como : “ahora estoy acá”, “estoy haciendo tal cosa”, “estoy escuchando a esta persona”, etc.

El único momento en que mi cuerpo y mi mente se unen es cuando soy consciente de que respiro, cuando estoy consciente de lo que hago, de lo que pienso y de lo que digo. Entonces podré sentir el aire que entra en mi cuerpo, apreciar una flor, oler un perfume, disfrutar de una sonrisa, escuchar realmente al otro, ponerme en su lugar, darme tiempo para descansar, escuchar la música preferida, cantar, bailar, aprender. Salir por unos instantes del circuito automático y detener el tiempo unos instantes en el presente. Y solo unos instantes, porque luego la mente tenderá a volar otra vez hacia algún lugar diferente, seguramente al futuro o al pasado.

Una gran grieta está instalada dentro nuestro. Pero cuerpo y mente ya no están separados, somos uno.  Pero  también hay otra grietas, dirán unos, y son las que la cultura pone en el escenario y nos inducen a que tengamos  el pensamiento polarizado, ese pensamiento de blanco o negro, que nos entretiene en el contenido, nos llena de intensidad emocional y nos distrae de lo que puede ser realmente importante.

¿Y qué es lo importante? Dirán otros.

Si nos distraemos con el contenido de otras grietas de afuera, no podemos prestarle atención a lo que nos pasa por dentro. Una buena conexión de atención mente- cuerpo  levanta las defensas psicofísicas acrecentando nuestra salud, nos aporta recursos internos para afrontar situaciones difíciles, ayuda a desplegar la resiliencia y nos hace sentir más seguros y con más fortaleza, sabiendo que tenemos la capacidad de tomar decisiones y enfrentar situaciones con independencia.

Por lo tanto, la propuesta es, simplemente, activar tu unión con un simple “respiro”.

El placer de ser imperfecto

Por Pablo Cazau 

Algunos fantaseamos con ser perfectos. Queremos tener diez de promedio, queremos ser el más fuerte y el más bello, queremos ser el papá, la mamá o el cónyuge ideal, queremos ser el hijo extraordinario y queremos conformar a todo el mundo.

Algunos siguen creyendo firmemente en esta vana ilusión autoexigiéndose cada vez más, pero llega un momento en que hay que tirar la toalla. Intentar ser perfecto consume mucho esfuerzo, con lo cual, no quedará energía para otras cosas como bailar mal, ser espontáneo o hacer reír a nuestros seres queridos con nuestras increíbles equivocaciones.

Y no es que uno se proponga ser un perfecto imperfecto. Simplemente se trata de canjear la perfección por la tranquilidad, ese estado donde uno es libre de equivocarse, y por la sabiduría, donde uno se torna capaz de reconocer sus errores sin rasgarse las vestiduras, donde uno se vuelve capaz de pedir ayuda y donde uno llega ser capaz de perdonarse. Claro que con el paquete puede venir también sentirse deprimido, enojado, agresivo, celoso, envidioso, vengativo y demás imperfecciones, pero es un precio mínimo que debe pagarse al lado del tremendo costo que supone la perfección.