Sobre el perfeccionismo

 

El rompecabezas

 

El perfeccionismo es la creencia de que hay una forma elevada y perfecta de ser y hacer, una línea que debo alcanzar por debajo de la cual todo lo que haga será imperfecto o un fracaso. Es la creencia de que existe un estado perfecto de las cosas y yo debo alcanzarlo, porque lo perfecto es tomado como sinónimo de felicidad, éxito, aprobación o amor.

Ir con mucha energía (y a veces en forma obsesiva) detrás de lo perfecto, se transforma en perfeccionismo, que como todo “ismo” nos habla de un extremo. Y todo extremo es disfuncional.

Las creencias son ideas, hábitos y tradiciones culturales que las familias adoptan y transmiten a las generaciones siguientes. Crecemos entre creencias, son los pilares de nuestra vida. No todos tenemos las mismas creencias, pero todos tenemos algunas. La vida es como atravesar un río con aguas a veces revueltas, pero se lo cruza gracias a que existen determinadas piedras (creencias) que consideramos seguras. De otra manera no podríamos cruzarlo.

Pero a veces las creencias son disfuncionales: en vez de brindarnos contención, seguridad y posibilidades de logro, producen lo contrario: exigencias desproporcionadas, sufrimiento moral y psicológico, trastornos de ansiedad (estrés, fobias, crisis o ataques de pánico, trastorno obsesivo-compulsivo, etc), trastornos del estado de ánimo (por ejemplo depresión), baja autoestima, adicciones, trastornos psicosomáticos, etc. O sea que a veces esas piedras, lejos de ayudarnos, nos hunden.

¿Cómo llegamos a ser perfeccionistas?

Decíamos que el perfeccionista tiene una creencia de ser y hacer a la perfección. Estas creencias nos las trasmite la cultura o a veces proviene de la educación familiar: cuando se transmite un patrón de actuación y así se aprende. Hay niños que son depositarios de las exigencias de algún miembro de la familia. Los sueños que no ha podido lograr los adultos los proyectan en ese hijo, “esclavizándolo” a cumplirlo. A veces solo son “pactos” sobre-entendidos, sin palabras. Y esos hijos, por el afán de complacer la demanda, cumple con la expectativa esperada, casi siempre por el temor (inconsciente) a defraudar a ese adulto, a ser rechazado o a perder el cariño. Así, el cumplir con esa expectativa se transforma en una forma de ser en el mundo, un perfeccionista.

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¿Cómo reconocer a un perfeccionista? 

Son meticulosos, detallistas. Pueden perderse en el detalle perdiendo de vista el conjunto, el objetivo o el plan. Son sensibles, obedientes, muchas veces complacientes. Valoran las leyes, las normas, las disposiciones. Son cumplidores, no quieren fallar. Son capaces de grandes sacrificios para lograr lo que se proponen, pero nunca quedan totalmente satisfechos.

Se apegan a las costumbres, son resistentes al cambio, muestran una elevada ansiedad por controlar todo y se disgustan ante los cambios y los imprevistos. No cambian de ideas fácilmente, tienen dificultades de aceptar otros puntos de vista. Sus juicios son a veces extremos o radicales, sin puntos medios. Buscan extrema seguridad en sus pasos, reasegurándose antes de cualquier avance. Tienden a la procrastinación (dilatar y demorar las decisiones y los cambios). Y si algo sale mal (nunca saldrá lo perfecto que desean), se culpan a sí mismos o culpan a los demás. El perfeccionista no conoce los grises: o es blanco o es negro. O lo hace perfecto o no lo hace.

¿Cómo salir del perfeccionismo?

El primer paso es reconocer que estamos siendo esclavos de una creencia disfuncional, una imagen ideal de perfección que no existe en la realidad. No se trata de bajar el estandar de eficiencia ni de esfuerzo, sino de aceptar que lo que vamos logrando no es perfecto, pero nadie nos pide perfección más que nosotros mismos.

Que hay otras formas aceptables y más prácticas de resolver las cosas, avanzando. Lo perfecto sabemos que no existe, por lo que nuestros ideales han de ser realistas. La angustia que me provoca tratar de hacer lo perfecto me está impidiendo vivir el presente, hipotecándolo a favor de una irrealidad, un ideal que solo está en mi mente.

O sea que el primer paso está en nuestros pensamientos, en lo que pensamos. Debemos por tanto reconocer cuándo estamos nuevamente pensando en ese ideal inalcanzable, y cambiarlo por otros pensamientos más realistas: “haremos lo mejor que podamos” y no “lo mejor”.

Para lograr bien-estar, debemos primero observar nuestro bien-pensar. Cometo un error cognitivo si estoy asociando perfección con felicidad o éxito. Equivocarse no es fracasar, es abrir un espacio al aprendizaje.

 

 

 

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