¿Somos delirantes?

Todos nosotros, en algún momento de nuestra existencia, nos pasó por la cabeza pensar: “¿y si mi pareja me está engañando?”, cuando un día volvió media hora más tarde de lo acostumbrado. Sin embargo, pronto hemos descartado tal idea por ridícula, al haber constatado diversos elementos de juicio objetivos en su contra.

También pudo habernos ocurrido, en la calle o en una reunión, haber fantaseado con que tal o cual persona estaba enamorada de nosotros. Sin embargo, pudimos también descartar esta idea, aunque persistiese el deseo de ser el objeto de amor del otro, porque diversas constataciones en la realidad se convirtieron en una prueba objetiva de que nuestra creencia fue errónea.

¿Y a quien no se le pasó por la cabeza creerse no sólo mejor que los demás sino el mejor de todos? Y nuevamente la cruda realidad nos informaba que siempre habría personas mejores y peores que uno mismo.

Tal vez también alguna vez sentimos que alguien nos estaba hostigando y persiguiendo, sobre todo en algún callejón oscuro, cuando en realidad, como dice el tango, comprobábamos que eran sombras, nada más.

Si hemos atravesado cualquiera de estas experiencias alegrémonos: nuestras creencias tal vez pudieron constituir una idea fija, pero no llegaron a estructurarse como un delirio y podremos durar un poco más sin ser internados.

Los pacientes psicóticos en cambio, no se han salvado.

En la idea delirante, el sujeto tiene la firme convicción de ser un ‘cornudo’ a pesar de estar casado con la mujer más fiel del mundo, o de que el otro está profundamente enamorado de él a pesar de todas las evidencias en contra, a pesar de que el supuesto enamorado no le da ni la hora, y aún más, a pesar de que el otro le explica reiteradamente que él no significa absolutamente nada en su vida.

Tiene también la firme convicción de ser el mejor de todos a punto tal de creer que es Dios o Napoleón, y puede también estar convencido que es perseguido por la CIA a pesar de ofrecérsele evidencias concluyentes de su error.

Entre nuestras creencias normales y los delirios psicóticos hay aún una categoría intermedia: el delirio histérico, donde la persona cuenta por ejemplo que está gravemente enferma y que ya padeció diez operaciones. Cuando los demás la escuchan le creen, porque relata su calvario de manera coherente y aparentemente sincera, pero no llega a ser un delirio psicótico porque sabe íntimamente que todo es mentira. ¿Y entonces porqué miente? En el caso del delirio histérico lo hace para llamar la atención, para que la cuiden y la quieran. En otros casos, las personas mitómanas mienten sobre su vida porque la consideran aburrida y desprovista de encanto y aventura, como quien relata viajes exóticos o mágicas experiencias que satisfacen su necesidad de ser admirados y reconocidos. Ellos también íntimamente saben que mienten, aunque algunos, a fuerza de repetir la mentira, llegan a creérsela firmemente.

¿Y usted qué es? ¿Es una persona normal, un psicótico, un histérico o un mitómano? Si es una persona normal, el único problema que tendrá es lidiar con ellos.

Pablo Cazau

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