El cerebro humano es imperfecto

Si hemos de tomar como referencia las investigaciones sobre la evolución del sistema nervioso de John Jackson (1860) y de Paul McLean (1970), podemos aventurarnos en afirmar que a medida que el cerebro animal cambiaba a lo largo de generaciones, fue corrigiendo sus propias deficiencias o imperfecciones según y conforme el dispositivo evolutivo darwiniano. En las primeras etapas el cerebro tenía la importantísima función de aprovechar los estímulos beneficiosos para la supervivencia y neutralizar los estímulos nocivos. Para ello reaccionaba sin “pensarlo” con respuestas automáticas, tal como podemos observar en los reptiles. Sin embargo y siempre en tren de conjeturas, aquí subsistía un problema: Este cerebro reptiliano era aún imperfecto porque reaccionaba a muchos otros estímulos neutros, es decir, ni beneficiosos ni nocivos, con lo cual gastaba inútilmente una enorme cantidad de energía. Se requería entonces un dispositivo que permitiera identificar y seleccionar los estímulos verdaderamente beneficiosos o verdaderamente nocivos, lo cual llevó al cerebro a incorporar las emociones. Los estímulos beneficiosos podían reconocerse porque el animal experimentaba una emoción positiva como puede serlo la alegría, y los estímulos nocivos porque generaban una emoción negativa como puede serlo el miedo. Nacía así una nueva especialización: el típico cerebro límbico de los mamíferos.

Pero este cerebro emocional que es también la sede de cierto tipo de memoria, también era imperfecto porque podía, por ejemplo, activar emociones de miedo frente a estímulos neutros sobre la base de ciertos recuerdos: una persona no tan peligrosa podía evocar al padre de la infancia. Se hizo necesario entonces que apareciera un cerebro cortical para regular la emoción adecuada al estímulo.

Si los cerebros reptiliano y límbico tienen millones de años, este nuevo cerebro apenas tiene miles de años, y es decir, está en pañales y hoy, si bien aún encuentra serias dificultades para regular las emociones, ha comenzado a lograr este control a través de distintos procedimientos como por ejemplo la meditación. La meditación budista de los orientales y la psicoterapia cognitiva de los occidentales son muy similares.

Tal vez las diferencias sean que la segunda se prescribe sólo para ciertas personas con problemas clínicos, y que se limita a corregir pensamientos distorsionados bastante puntuales. La meditación budista es más ambiciosa, como cambiar la vida de una persona a partir de un nuevo estilo de pensamiento.

El cerebro humano es multiuso

De acuerdo al modelo de Sperry, nuestro cerebro izquierdo es lógico, mientras que el derecho es capaz de actividades creativas: uno se sujeta a los hechos, y el otro da libre curso a su imaginación. De acuerdo al modelo de McLean, tenemos un cerebro reptiliano, otro límbico y otro cortical, con funciones diferentes.

El cerebro reptiliano es incapaz de pensar, actúa impulsivamente y después nos obliga a arrepentirnos. Manda la orden para golpear, insultar, o jugarle a un caballo porque gana seguro, cuando es sabido que menos del 3% de los caballos de carrera devuelven lo que los apostadores han invertido en ellos. Claro que también tiene su lado positivo, como cuando ante un peligro repentino nos hace reaccionar instantáneamente, sin pensar. También marca nuestro territorio, de manera que cuando colocamos nuestro abrigo en una silla, sin advertirlo hemos señalado un lugar al que nadie puede entrar ni tocar nada.

El cerebro límbico genera emociones. Leibniz decía que todos los seres humanos podemos ponernos de acuerdo fácilmente acerca de si una suma está o no bien hecha, pero el problema de administrar un país es mucho más complejo: nuestras emociones, enconos, resentimientos, miedos, depresiones, afinidades y simpatías interfieren para que una tarea no se lleve a cabo de acuerdo a la lógica o al sentido común. El cerebro emocional no sabe qué hacer con sus emociones irracionales: sabe que el avión es lo más seguro para viajar, pero tiene miedo de volar. Y ello sin hablar de otras fobias: el millonario Howard Hughes tenía amatofobia, un miedo enfermizo al polvo. Desde ya que el cerebro emocional tiene su parte buena. Los románticos sostendrían que gracias a él amamos y nos enamoramos, pero la cosa es algo más prosaica: las emociones, buenas o malas, son como un radar que nos permiten identificar situaciones favorables o peligrosas para nuestra supervivencia y bienestar.

Por ejemplo, el miedo sirve para salir corriendo frente a un león suelto. De acuerdo al modelo de Herrmann, y aunque él no le da estos nombres, tenemos un cerebro creativo (desopilante, ingenioso, impredecible, artístico), un cerebro objetivo (lógico, pragmático, le gusta basarse en los hechos), un cerebro organizado (detallista, escrupuloso, estructurado) y un cerebro social (comunicativo, empático, le gusta entablar relaciones con los demás). Muchas personas utilizan preferentemente dos de estos cerebros, otros tres, otros los cuatro y otros uno solo.

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El cerebro humano es ingenuo

El cerebro humano es el sistema más complejo del universo conocido y quizás por ello el que más se equivoca. Es muy difícil de controlar (puede resistir décadas un ‘lavaje de cerebro’) y, paradójicamente, es lo más fácil de engañar (a veces con una simple sonrisa).

Ciertas investigaciones revelaron que si hacemos una mueca imitando una sonrisa, el cerebro interpretará este movimiento muscular como que “todo está bien”, y comenzará a segregar endorfinas, que son las hormonas del bienestar. Moraleja: si está deprimido, sonría aunque no tenga ningún motivo para hacerlo, y tal vez se sentirá mejor. Otra investigación reveló que si en una primera entrevista laboral el postulante menciona primero lo mejor de sí tiene más probabilidad de ser elegido que otro que comenzó con sus defectos. Y es que el cerebro se deja guiar por la primera impresión que tiene de una persona, de manera que si la primera impresión es buena, ello lo hará pensar que todo el resto también lo es o, al menos, tendrá mucho más peso que otras impresiones ulteriores, y ello afecta la objetividad con que son evaluadas las otras personas. También existe cierta tendencia, según lo demostró Asch, a que ciertas impresiones ‘colorean’ otras, y pensamos que si un hombre es alegre también será honesto, y que si es lindo también será inteligente, salvo que se trate de una mujer bella, que será, según cierta creencia popular, invariablemente tonta.

Pablo Cazau. Diciembre 2012.