El origen de la culpa

Los animales y las personas aprenden desde muy temprano a que serán castigados por su comportamiento, con lo cual tienden a no actuar de cierta forma porque recibirán un castigo.

Sin embargo, no pocas veces ocurre que las personas persisten en su “mal” comportamiento a pesar del castigo, con lo cual recurren a dos estrategias para evitarlo o reducirlo:

  1. a) Algunas pretenden evitar el castigo asegurándose de que su mala acción no será descubierta. Se consideran a sí mismos muy hábiles e invulnerables, y el ejemplo típico son los psicópatas. A veces no están tan seguros de no recibir castigo, y entonces optan por victimizarse, de manera tal que sus castigadores piensen “¡Pobre tipo! No lo castiguemos que ya tiene bastante”.
  2. b) Otras personas no se consideran tan hábiles y saben que el castigo vendrá tarde o temprano con lo cual, si no pueden evitar el castigo, al menos lo moderarán o reducirán a niveles más aceptables. Una forma de hacerlo se llama “culpa”. Un ejemplo: si yo me siento culpable por algo malo, puedo autoadministrarme el castigo que quiera y nadie podrá administrarme un castigo peor. El psicópata, en cambio, no necesita sentimientos de culpa. Otro ejemplo: en ciertos sistemas judiciales, si el acusado admite su culpa se le reduce la condena.

El sentimiento de culpa puede incluso convertirse por sí solo en suficiente castigo, lo que presumiblemente ocurre en aquellas personas que están “atormentadas” por la culpa. Cuando ya no lo soportan, siempre pueden aliviarlo confesando su mala acción a un tercero ilusionándose con un perdón que cerrará la situación.

Pablo Cazau