No somos responsables de nuestras fantasías

Podemos fantasear con tener una aventura extramatrimonial, con asesinar a un ser querido, con disfrutar de una relación homosexual o con torturar ferozmente a quien odiamos. A veces nos horrorizamos tanto de ellas que terminamos haciéndolas inconcientes, con lo cual seguimos teniendo las mismas fantasias sólo que no nos damos cuenta de su existencia y hasta llegaremos a negarlas enfáticamente.

Tener estas fantasias donde se libera nuestra sexualidad o nuestra agresividad no nos hace, sin embargo, malas personas o personas menos honorables. Querrámoslo o no, forman parte de nuestra mente y no hay nada que podamos hacer salvo aceptarlas.

Esto significa que no somos responsables de nuestras fantasías, y por lo tanto no podemos avergonzarnos de ellas. Sin embargo, sí somos rssponsables de lo que hacemos con esas fantasías, como por ejemplo si, tras haberlas alimentado y dejarlas crecer, las hacemos realidad. De estas cosas sí somos responsables, y es de lo único que podemos avergonzarnos y de lo único que deberemos rendir cuenta ante los demás.

Aún así, hay parejas que nos acusarán de ser infieles porque descubrieron que fantaseábamos con una aventura ilícita, lo cual resulta tan ridículo como acusar a alguien de asesino simplemente porque fantaseó con matar a alguien.

Pablo Cazau

Qué son las fantasías

 

Una fantasía es un complejo de representaciones visuales creadas como un relato. Ejemplo: “me imagino en mi primer día de trabajo y a mis nuevos compañeros recibiéndome afectuosamente”. Cuando las personas fantasean algunas veces se refieren a su propia actividad de fantasear como ‘ratonearse’ o ‘hacerse la película’.

La fantasía es: a) visual, porque la escena fantaseada asume la forma de imágenes que se “ven” interiormente; b) creativa, porque representa algo que nunca existió en la realidad: de otra manera sería un recuerdo; c) tiene un guión, es decir, describe una serie de acciones sucesivas realizadas por una o más personas, como si fuera una obra de teatro. Imaginarse un hombre no es una fantasía, pero sí lo es imaginarse al hombre haciendo algo: caminando, riendo, etcétera. Algunas de las personas tienen un rol activo porque ejecutan las acciones (los compañeros que se muestran amables) y otras un rol pasivo porque reciben la acción (recibo el afecto de mis compañeros). En las fantasías de seducción, uno seduce y otro es seducido, y en las fantasías masoquistas uno golpea y otro es golpeado sintiendo placer en ello. El sujeto que fantasea puede ser uno de los protagonistas, pero también puede ser un mero espectador: “imagino a mi amigo en su primer día de trabajo y a sus nuevos compañeros recibiéndolo afectuosamente”. Claro está que en una fantasía el sujeto fantaseante puede funcionar sucesivamente con ambos roles: “imagino que los vecinos están peleándose y luego yo intervengo para calmarlos”. Hay guiones muy simples y otros más intrincados donde aparecen con mayor claridad un comienzo, un desarrollo y algún desenlace. El guión puede referirse a una situación deseada (erótica o no), a una situación temida, etcétera, es decir, tiene un contenido; y d) surge a partir de un factor desencadenante, es decir, no aparece por azar sino cuando se cumplen determinadas condiciones. Una mirada puede engendrar una fantasía erótica, y una discusión una fantasía destructiva.

Las fantasías pueden ser clasificadas de acuerdo con diferentes criterios, algunos de los cuales reconocen su origen en el psicoanálisis.

1) Las fantasías pueden ser espontáneas o inducidas. Llamamos fantasías inducidas a aquellas que son sugeridas u ordenadas por otra persona en el marco de cierta actividad pautada, como puede serlo un tratamiento psicoterapéutico que utilice la técnica del sueño despierto, donde al paciente se lo invita a crear imágenes visuales con un argumento. En cambio, las fantasías espontáneas surgen en la vida cotidiana fuera de contextos pautados.

2) Las fantasías pueden ser diurnas y oníricas. Unas se producen en estado de vigilia –los ensueños diurnos-, y otras mientras el sujeto duerme, por lo que las fantasías de este último tipo equivalen a los sueños. Debido a que durante la vigilia el proceso secundario ejerce un mayor control sobre el proceso primario, las fantasías diurnas suelen estar más organizadas. Tanto los ensueños diurnos como los sueños constituyen fantasías concientes, ya que lo que distingue la vigilia del soñar no es esa cualidad: de hecho, cuando uno está soñando está plenamente conciente de ello.

3) Las fantasías pueden ser concientes, preconcientes o inconcientes., tal como lo plantea Freud en un artículo sobre la bisexualidad en la histeria. Las primeras son las que la persona fantasea en un momento dado siendo conciente de ellas; las segundas dejaron de ser concientes pero pueden ser evocadas voluntariamente (“ayer recuerdo haber fantaseado con tal o cual cosa”); las terceras ejercen influencia durante toda la vida pero no pueden ser evocadas porque se mantienen reprimidas, pudiendo expresarse veladamente en un síntoma neurótico o bien surgir durante la cura psicoanalítica, como por ejemplo fantasías donde la persona tiene una relación sexual incestuosa. Hay fantasías inconcientes individuales y propias de cada sujeto, pero otras son universales, a las que Freud designa como protofantasías o fantasías originarias (vida intrauterina, escena originaria, castración, seducción). Estas últimas nunca fueron reprimidas sino que son primordiales: el sujeto ya nace con ellas.

3) De acuerdo al tipo de patología donde aparecen, las fantasías pueden ser delirantes, perversas y neuróticas. Dentro de éstas últimas Freud incluye las fantasías histéricas, que a su vez pueden ser concientes, preconcientes o inconcientes.

4) También las fantasías pueden expresar deseos (por ejemplo fantaseo haciendo el amor con Juana), o expresar temores (por ejemplo la imagen del padre de Juana persiguiéndome con un revólver).

5) Finalmente encontraremos fantasías privadas, semipúblicas o públicas. Las fantasías privadas son íntimas y muy raramente son reveladas a otros porque, por ejemplo producen vergüenza, como ciertas fantasías eróticas. Las fantasías semipúblicas son aquellas que comparten dos o más personas que se conocen entre sí lo suficiente. Por ejemplo una pareja puede compartir una fantasía acerca de cómo crecerá la familia o cómo serán sus hijos. Los grupos humanos también comparten fantasías, conciente o inconcientemente, como por ejemplo que dos de sus miembros, aunque no sea cierto, tienen una relación amorosa y cuando salen a pasear van a tales o cuales lugares. Las fantasías públicas pueden ser compartidas por cualquiera. Suele ocurrir que comienzan siendo privadas, pero luego el escritor les da forma literaria para que sean disfrutadas por cualquier lector. Los mitos urbanos entran también en esta categoría.

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Cuando las fantasías se nos vuelven en contra

Fantasear es una forma de pensamiento que, en principio, es una de las bases de la salud mental. Fantasear es sano cuando por ejemplo imaginamos que mañana nos irá bien en un examen para el cual nos hemos preparado adecuadamente, porque así podemos reducir la ansiedad. En cambio si fantaseamos que mañana nos aplazarán a pesar de haber estudiado, lo único que conseguimos es sufrir y estar más ansiosos. Esta fantasía nos está jugando en contra.

También está jugándonos en contra cuando, si no hemos estudiado absolutamente nada y fantaseamos con que aprobaremos exitosamente, simplemente estamos autoengañándonos. Esta fantasía reduce la ansiedad, pero tiene el problema de no ser realista.

Es así que, hasta aquí, las fantasías se nos vuelven en contra cuando, o bien aumentan nuestra ansiedad más allá de lo necesario, o bien no son realistas.

Sin embargo, hay muchas otras fantasías no realistas: una mujer puede imaginar una noche con Brad Pitt, o las cosas que haría con 100 millones de dólares, o qué hermosos paisajes disfrutaría si viajara a la estrella más lejana del universo. ¿Cuándo son sanas estas fantasías? Cuando expresan anhelos o deseos en vez de temores, y cuando puede reducir momentáneamente algún pico de ansiedad generado por alguna mala experiencia. En  cambio no son sanas cuando nos conformamos con vivir refugiados en esas fantasías y con ello reducimos considerablemente nuestras actividades cotidianas como buscar una pareja más realista, disfrutar de los pocos dólares que tenemos o de los paisajes accesibles en un viaje de vacaciones a la costa.

Por último, debemos saber que hay otro grupo de fantasías que pueden jugarnos en contra. Son las más peligrosas porque son inconcientes, es decir, no sabemos que tenemos tales fantasías. El psicoanálisis se ha referido a fantasías incestuosas, fantasías masoquistas (sentir placer al ser lastimado), o fantasías homosexuales. Si estas fantasías alcanzan un grado importante de intensidad que nos lleva a cumplirlas en la realidad, nos estarán jugando en contra en la medida en que solamente logremos sufrir con ello (ser acusado de incesto, ser lastimado severamente, sentirse uno poco masculino o, en general, sentir culpa). Nadie debería sentir culpa por tener ciertas fantasías, salvo que las haga realidad.

Pablo Cazau