Estar feliz o ser feliz

 

En la vida uno puede ser todo lo feliz que quiera: todo dependerá de cómo defina la felicidad.

Si la felicidad es un momento mágico, excelso, maravilloso y extraordinario, quien esto opina tendrá muy pocas oportunidades de ser feliz en su vida.

Si la felicidad es solamente algo anclado en el pasado (“tuve una niñez feliz”), quien esto opina ya no tendrá más oportunidades de ser feliz. Y si la felicidad es algo que ocurrirá en algún momento del futuro, perderá su oportunidad de ser feliz en el presente.

Para mí la felicidad es algo bastante simple y cotidiano: estoy feliz cuando estoy tranquilo, incluso en las situaciones más adversas. Lo cual ya es decir mucho en este mundo poblado de peligros reales y de peligros imaginarios generados por pensamientos negativos. Y si llegara algún momento mágico y maravilloso será bienvenido, pero no seré más feliz: simplemente estaré más feliz.

Esto nos sugiere que hay una diferencia entre estar feliz y ser feliz. Estar feliz es algo ocasional y pasajero que puede ocurrir el día que nos recibimos, nos casamos, nos divorciamos, tenemos un hijo o simplemente alguien nos abraza. Ser feliz es algo más o menos permanente que disfrutamos incluso fuera de esas ocasiones, todos los días del año. La capacidad para ser feliz puede depender de cierta ventaja genética y de una práctica constante de la meditación.

Y esto lo suelen aprender a la fuerza los moribundos, cuando descubren embelesados los cuatro milagros que nos regala la vida. El milagro de haber vivido este día, el milagro de estar tranquilo, el milagro de poder gastarse hoy estos cincuenta pesos en lo que él quiera, y el milagro de poder disfrutar de este cognac y este cigarrillo ahora que falta tan poco para la llegada de la muerte. Y es por ello que el moribundo no necesita ni estar sano, si ser millonario ni toda una vida para ser feliz.

Pablo Cazau

Exhibir la felicidad

Algunos exhiben su cuerpo, otros exhiben su dolor y sus desgracias, pero están también quienes exhiben su felicidad como si fuera un gran trofeo. “¡Vean lo felices que somos!”, anuncian en Facebook, mientras publican una andanada de fotografías sonrientes y dichosos, paseando por la playa o besándose apasionadamente.

Es comprensible: ¿quién de nosotros no informó a sus allegados lo feliz que estaba porque le pasó tal o cual cosa (salvo haberse sacado la lotería)?

Hay, sin embargo, una diferencia entre transmitir nuestra felicidad a muy pocos seres queridos como parejas, amigos, padres o madres, y transmitir la felicidad públicamente como puede hacerse en Facebook, que sería lo mismo que salir a la calle con un megáfono gritando “Soy feliz”, y con una remera que dice lo mismo. En el primer caso la felicidad se comparte, y en el segundo se exhibe.

Pero, ¿qué lleva a las personas a exhibir indiscriminadamente su bienestar, y qué consecuencias puede traer ello?

Tal vez algunos quieren simplemente compartir un estado de ánimo, pero tal vez otros quieran mostrar que están por encima de los demás mortales, o tal vez quieran obtener reconocimiento y aprobación. En cualquiera de estos casos hay un problema con la autoestima: unos se sobrestiman, otros se subestiman, y no pueden encontrar el equilibrio justo.

Pero en cualquier caso, no pueden ni concebir ni medir las consecuencias de sus exhibiciones: algunos espectadores se aburrirán soberanamente, otros serán carcomidos por la envidia, y todos terminarán bloqueando o eliminando al exhibidor mientras éste último sigue preguntándose qué hizo mal.