El placer de ser imperfecto

Por Pablo Cazau 

Algunos fantaseamos con ser perfectos. Queremos tener diez de promedio, queremos ser el más fuerte y el más bello, queremos ser el papá, la mamá o el cónyuge ideal, queremos ser el hijo extraordinario y queremos conformar a todo el mundo.

Algunos siguen creyendo firmemente en esta vana ilusión autoexigiéndose cada vez más, pero llega un momento en que hay que tirar la toalla. Intentar ser perfecto consume mucho esfuerzo, con lo cual, no quedará energía para otras cosas como bailar mal, ser espontáneo o hacer reír a nuestros seres queridos con nuestras increíbles equivocaciones.

Y no es que uno se proponga ser un perfecto imperfecto. Simplemente se trata de canjear la perfección por la tranquilidad, ese estado donde uno es libre de equivocarse, y por la sabiduría, donde uno se torna capaz de reconocer sus errores sin rasgarse las vestiduras, donde uno se vuelve capaz de pedir ayuda y donde uno llega ser capaz de perdonarse. Claro que con el paquete puede venir también sentirse deprimido, enojado, agresivo, celoso, envidioso, vengativo y demás imperfecciones, pero es un precio mínimo que debe pagarse al lado del tremendo costo que supone la perfección.

Sobre el perfeccionismo

 

El rompecabezas

 

El perfeccionismo es la creencia de que hay una forma elevada y perfecta de ser y hacer, una línea que debo alcanzar por debajo de la cual todo lo que haga será imperfecto o un fracaso. Es la creencia de que existe un estado perfecto de las cosas y yo debo alcanzarlo, porque lo perfecto es tomado como sinónimo de felicidad, éxito, aprobación o amor.

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