Cómo percibimos la velocidad del tiempo

Por Pablo Cazau

Podemos percibir el tiempo como transcurriendo más velozmente o transcurriendo más lentamente. ¿De qué depende esta percepción? La física relativista ha ofrecido sus propias explicaciones, pero aquí nos atendremos al punto de vista de la psicología de la percepción.

En general, nuestra percepción de la velocidad del tiempo varía en al menos tres casos:

1) Si estamos ocupados o concentrados en alguna actividad el tiempo pasa más rápido, mientras que el aburrimiento o la inactividad pueden hacer las horas interminables.

2) A medida que crecemos percibimos que el tiempo transcurre cada vez más rápido. El adolescente siente transcurrir el tiempo de su vida muy lentamente, mientras que el anciano ve pasar el tiempo de su existencia más rápidamente.

3) Bajo un estrés agudo, puede ocurrir que las personas experimenten que el tiempo se hace más lento. Hace varios años alguien me planteó que estaba muy intrigado –y hasta preocupado-  por algo que le sucedía: en algunas ocasiones en que estaba bajo un fuerte estrés, veía todo a su alrededor en cámara lenta, como si el tiempo transcurriese más despacio. Para tranquilizarlo, le dije que ello no se debía a tumores cerebrales ni a infecciones encefálicas, sino que se trataba de un mecanismo adaptativo de supervivencia.

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La representación espacial del tiempo

La forma en que las personas se representan el tiempo en forma espacial depende de cada una y de la cultura incorporada. El tiempo puede representarse tanto en un espacio tridimensional como en un bidimensional. En esta nota se exponen algunos resultados preliminares de una investigación al respecto.

¿Qué ocurre cuando le preguntamos a alguien que señale con la mano dónde ubica su futuro, su pasado o su presente? Tal vez señalaría el futuro extendiendo la mano hacia adelante y arriba, el pasado hacia abajo y atrás, y el presente en su propio cuerpo.

En el año 1968 comencé una investigación piloto de n=40 sobre cómo las personas se representan espacialmente el tiempo y obtuve esa y muchas otras respuestas diferentes. Si bien no seguí adelante con la investigación, fue posible reunir ciertos datos sugestivos como los siguientes:

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Qué hacer con el tiempo

 

 

El cerebro humano evoluciona a los tropiezos.

Su parte racional, el neocórtex, apareció ‘ayer’, comparativamente hablando, lo cual puede explicar porqué no sabe todavía qué hacer –de la misma forma que un mono al encontrar una Notebook- con uno de sus principales descubrimientos: el tiempo.

El cerebro ha descubierto que el tiempo es algo mucho más extenso que los breves segundos del presente a los que estaba acostumbrado desde sus lejanos orígenes reptilianos.

Por empezar, encontró dificultades para concebir tamaña extensión y fue así que por ejemplo, en el año 1654 se calculó que la creación del mundo tuvo lugar el 26 de octubre del año 4004 antes de Cristo. Por la misma época, Giordano Bruno fue quemado en la hoguera por sostener, entre otras cosas, que el universo era infinito, con lo cual resultaba imposible que Dios lo hubiese creado en algún momento.

Las profecías apocalípticas que fijan fecha y hora de la destrucción del universo son tal vez otro ejemplo de la dificultad para entender la enorme magnitud del tiempo.

Pero no hablemos del macrotiempo cósmico. La parte racional de nuestro cerebro ni siquiera se ha acostumbrado al escaso microtiempo que nos toca vivir individualmente.

Por empezar no sabemos qué hacer con nuestro pasado, y entonces nuestra parte emocional, el cerebro límbico, lo puebla de remordimientos, arrepentimientos, y recuerdos dolorosos que nos atormentan una y otra vez. Los reptiles no saben que tienen un pasado y están libres de todas esas cosas.

Tampoco sabemos cómo lidiar con nuestro futuro, con lo cual nuestras emociones lo invaden con preocupaciones ridículas, peligros imaginarios que vanamente intentamos neutralizar con cosas como la promesa de una vida eterna pletórica de felicidad (siempre y cuando nos portemos bien y vayamos al cielo).

Al cerebro racional le cuesta entender que el pasado sirve para aprender, y de allí aquel dicho que describe al hombre como el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Y le cuesta también entender que el futuro es algo para planificar, y entonces no puede medir las consecuencias de sus actos terminando herido, encarcelado, enfermo o muerto antes de tiempo, valga la redundancia.

Y es así como nuestro cerebro racional intenta resolver estos graves problemas resignificando el pasado quitándole carga traumática, como hace la terapia psicoanalítica, o resignificando el futuro a través de un proyecto de vida como hace la terapia existencial humanística.

Acorralado por su negro pasado y por su futuro aún más negro, nuestro cerebro también puede optar por refugiarse en el presente, el único lugar que siempre conoció desde hace millones de años. Entonces decide encapsularse en un eterno presente y vivir al día entregándose a los placeres mundanos y a las drogas peligrosas, o bien implementando estrategias ‘sanadoras’ como el concentrarse en el aquí y ahora de la terapia gestáltica o del pensamiento budista.

No estoy desestimando esa forma de terapia ni este estilo de vida. De hecho, son una de las pocas cosas que el cerebro puede implementar, mientras aún no haya aprendido qué hacer con el tiempo.

Pablo Cazau